Skip to main content
Internet Archive's 25th Anniversary Logo

Full text of "Liberalismo y jacobinismo"

See other formats


§55 = 

/ JOSÉ ENRIQUE KODO 



^ 



L 



I 




1 




ü 








<%n_ 



MONTEVIDEO 

Librería y Papelería "L« Anticuara", -de Adulfo 0>>si 
241» cai.m: i"KN(is aIKKS— 24la 
1 906 



Job 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 



5o 



■ffcSáff)* JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Ll 



wm i ¡mm 






MONTEVIDEO 



ArVlS^? 



5L.\^ 



A2» 



Librería y Papelería "La Anticuaría", de Adolfo Ossi 

241a— CALLE BUENOS AIRES— 241a 
1906 



IMPRENTA «EL SIGLO ILUSTRADO», 18 DE JULIO, 23 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 



LA EXPULSIÓN DE LOS CRUCIFIJOS 



(CARTA PUBLICADA EN «LA RAZÓN » DEL 5 DE JULIO DE I906) 

I 

Señor * * * 

Estimado amigo: Desea usted mi opinión sobre la justicia 
y oportunidad del acuerdo de la Comisión de Caridad y Be- 
neficencia Pública, que sanciona definitivamente la expulsión 
de los crucifijos que hasta no ha mucho figuraban en las pa- 
redes de las salas del Hospital. 

Voy á complacer á usted; pero no será sin significarle, 
ante todo, que hay inexactitud en la manera como usted ca- 
lifica la resolución sobre que versa su consulta, al llamarla 
«acto de extremo y radical liberalismo». 

¿Liberalismo? No: digamos mejor «jacobinismo». Se trata, 
efectivamente, de un hecho de tranca intolerancia y de estre- 
cha incomprensión moral é histórica, absolutamente inconcilia- 
ble con la idea de elevada equidad y de amplitud generosa 
que va incluida en toda legítima acepción del liberalismo, 
cualesquiera que sean los epítetos con que se refuerce ó ex- 
treme la significación de esta palabra. 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Ocioso me parece advertir — porque no es usted quien lo 
ignora — que, rectamente entendida la idea de liberalismo, mi 
concepción de su alcance, en la esfera religiosa, como en 
cualquiera otra categoría de la actividad humana, abarca toda 
la extensión que pueda medirse por el más decidido amor de 
la libertad. E igualmente ocioso sería prevenir que, por lo 
que respecta á la personalidad y la doctrina de Cristo — so- 
bre las que he de hablar para poner esta cuestión en el te- 
rreno en que deseo, — mi posición es, ahora como antes, en 
absoluto independiente, no estando unido á ellas por más 
vínculos que los de la admiración puramente humana, aun- 
que altísima, y la adhesión racional á los fundamentos de 
una doctrina que tengo por la más verdadera y excelsa con- 
cepción del espíritu del hombre. 

Dicho esto, planteemos sumariamente la cuestión. La Co- 
misión de Caridad inició, hace ya tiempo, la obra de emancipar 
de toda vinculación religiosa la asistencia y disciplina de los 
enfermos; y en este propósito plausible, en cuanto tendía á 
garantizar una completa libertad de conciencia contra im- 
posiciones ó sugestiones que la menoscabasen, llegó á im- 
plantar un régimen que satisfacía las más amplias aspiraciones 
de libertad. Fueron suprimidos paulatinamente los rezos y 
los oficios religiosos que de tradición se celebraban; fueron 
retirados los altares, las imágenes y los nichos, que servían 
para los menesteres del culto. Quedaba, sin embargo, una 
imagen que no había sido retirada de las paredes de las 
salas de los enfermos, y esta imagen era la del Fundador de 
la caridad cristiana. Un día, la Comisión encuentra que no 
hay razón para que este límite se respete, y ordena la ex- 
pulsión de los crucifijos. Acaso pensó irreflexivamente no ha- 
ber hecho con ello más que dar un paso adelante, un paso 
último, en la obra de liberalismo en que se hallaba empe- 
ñada. ¿Era, efectivamente, sólo un paso más, sólo un paso 
adelante? No: aquello, como he de demostrarlo luego, equi- 
valía á pasar la frontera que separa lo justo de lo injusto, lo 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 



lícito de lo abusivo. Aquello tenía en realidad un significado 
enteramente nuevo, y que parecía denunciar, en las mismas 
supresiones y eliminaciones anteriores, un espíritu, una ten- 
dencia, diferentes de los que las habrían justificado... 

Y ahora, el error, que pudo explicarse, cuando se come- 
tió por vez primera, como acto inconsulto, adquiere la per- 
sistencia de una ratificación laboriosamente meditada, de una 
ratificación definitiva. 

II 

El hecho es sencillamente este:— la expulsión reiterada é 
implacable de la imagen de Cristo del seno de una casa de 
caridad. 

Un profesor de filosofía que, encontrando en el testero de 
su aula, el busto de Sócrates, fundador del pensamiento filo- 
sófico, le hiciera retirar de allí; una academia literaria espa- 
ñola que ordenase quitar del salón de sus sesiones la efigie 
de Cervantes; un parlamento argentino que dispusiera que las 
estatuas de San Martín ó de Belgrano fueran derribadas para 
no ser repuestas; un círculo de impresores que acordase que 
el reirato de Guttenberg dejase de presidir sus deliberacio- 
nes sociales, suscitarían, sin duda, nuestro asombro, y no nos 
sería necesario más que el sentido intuitivo de la primera im- 
presión para calificar la incongruencia de su conducta. 

Y una Comisión de Caridad que expulsa del seno de las 
casas de caridad la imagen del creador de la caridad — del que 
la trajo al mundo como sentimiento y como doctrina — no ofrece, 
para quien desapasionadamente lo mire, espectáculo menos 
desconcertador ni menos extraño. Aun prescindiendo del in- 
terés de orden social que va envuelto en el examen de este 
hecho, como manifestación de un criterio de filosofía militante 
que se traduce en acción y puede trascender en otras inicia- 
tivas parecidas, siempre habría en él el interés psicológico de 
investigar por qué lógica de ideas ó de sentimientos, por qué 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



vías de convicción ó de pasión, ha podido llegarse á tan con- 
tradictorio resultado: la personificación indiscutida de la caridad, 
expulsada de un ambiente que no es sino la expansión de su 
espíritu, por aquellos mismos que ministran los dones de la 
caridad. 

Pero no es necesario afanarse mucho tiempo para encontrar 
el rastro de esa lógica: es la lógica en linea recta del jacobi- 
nismo, que así lleva á las construcciones idealistas de Con- 
dorcet ó de Robespierre como á los atropellos inicuos de la 
intolerancia revolucionaria; y que, por lo mismo que sigue 
una regularidad geométrica en el terreno de la abstracción y 
de la fórmula, conduce fatalmente á los más absurdos extre- 
mos y á las más irritantes injusticias, cuando se la transporta 
á la esfera real y palpitante de los sentimientos y los actos 
humanos. 

III 

La vinculación entre el espíritu de las instituciones de 
beneficencia que la Comisión de Caridad gobierna, y el sig- 
nificado histórico y moral de la imagen que ella ha condenado 
á proscripción, es tan honda como manifiesta é innegable. 

Si la Comisión de Caridad se propone apurar el sentido 
de este nombre que lleva y evoca para ello la filiación de la 
palabra, fácilmente encontrará el vocablo latino de donde in- 
mediatamente toma origen; pero á buen seguro que, desen- 
trañando la significación de este vocablo en el lenguaje de la 
grandeza romana, no hallará nada que se parezca á la íntima, 
á la sublime acepción que la palabra tiene en la civilización 
y los idiomas de los pueblos cristianos; porque para que este 
inefable sentido aparezca, para que el sentimiento nuevo á que 
él se refiere se infunda en la palabra que escogió, entre las 
que halló en labios de los hombres, y la haga significar lo 
que ella no había significado jamás, es necesario que se kvante 
en la historia del mundo, dividiéndola en dos mitades, — se* 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 



parando el pasado del porvenir con sus brazos abiertos — esa 
imagen del mártir venerando que el impulso del jacobinismo 
acaba de abatir de las paredes del Hospital de Caridad. 

La caridad es creación, verbo, irradiación del fundador del 
cristianismo. El sentimiento que levanta hospicios para los 
enfermos, asilos para los menesterosos, refugio para los huér- 
fanos y los ancianos, y los levanta en nombre del amor que 
identifica al protector y al socorrido, sin condición de infe- 
rioridad para ninguno, es — por lo menos dentro de la civili- 
zación y la psicología histórica de los pueblos occidentales^ 
— absolutamente inseparable del nombre y el ejemplo del 
reformador á quien hoy se niega lo que sus mismos pros- 
criptores no negarían tal vez á ningún otro de los grandes 
servidores de la humanidad: el derecho de vivir perdurable- 
mente — en imagen, — en las instituciones que son su obra, en 
las piedras asentadas para dar albergue á su espíritu, en el 
campo de acción donde se continúa y desenvuelve su inicia- 
tiva y su enseñanza. 

IV 

Sentado el derecho que militaba para la permanencia, y 
militaría para la reposición, de las imágenes de Cristo, en las 
salas del Hospital de Caridad, paso á examinar las conside- 
raciones con que el desconocimiento de ese derecho se 
autoriza. 

Todos sabemos la razón falaz de libertad y tolerancia que 
se invoca para cohonestar la real intolerancia de la expulsión: 
se habla del respeto debido á las creencias ó las convicciones 
de aquellos que, acogiéndose á la protección del hospital, no 
crean en la divinidad de la imagen que verían á la cabecera 
de su lecho. La especiosidad de la argumentación no resiste 
al más ligero examen. Si de garantizar la libertad se trata, 
impídase, en buenhora, que se imponga ni sugiera al enfermo 
la adoración ó el culto de esa imagen; prohíbase que se asocie 



10 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



á ella ningún obligado rito religioso, ninguna forzosa exte- 
rioridad de veneración siquiera: esto será justo y plausible, 
esto significará respetar la inmunidad de las conciencias, es- 
to será liberalismo de buena ley y digno de sentimiento del 
derecho de todos. Pero pretender que la conciencia de un 
enfermo pueda sentirse lastimada porque no quiten de la pared 
de la sala donde se le asiste, una sencilla imagen del refor- 
mador moral por cuya enseñanza y cuyo ejemplo — convertidos 
en la más íntima esencia de una civilización — logra él, al 
cabo de los siglos, la medicina y la piedad: ¿quién podrá 
legitimar esto sin estar ofuscado por la más suspicaz de las 
intolerancias? 

Para que la simple presencia de esa efigie sublevase alguna 
vez el ánimo del enfermo, sería menester que las creencias 
del enfermo involucrasen, no ya la indiferencia ni el desvío, 
sino la repugnancia y el odio por la personalidad y la doc- 
trina de Cristo. Demos de barato que esto pueda ocurrir de 
otra manera que como desestimable excepción. ¿Podría el res- 
peto por ese sentimiento personal y atrabiliario de unos cuan- 
tos hombres prevalecer sobre el respeto infinitamente más im- 
perativo, sobre la alta consideración de justicia histórica y de 
gratitud humana que obliga á honrar á los grandes benefacto- 
res de la especie y á honrarlos y recordarlos singularmente 
allí donde está presente su obra, su enseñanza, su legado 
inmortal?... Fácil es comprender que si el respeto á la opi- 
nión ajena hubiera de entenderse de tal modo, toda sanción 
glorificadora de la virtud, del heroísmo, del genio, habría de 
refugiarse en el sigilo y las sombras de las cosas prohibidas. 
Los pueblos erigen estatuas, en parajes públicos, á sus gran- 
des hombres. Entre los miles de viandantes que diariamente 
pasan frente á esas estatuas, forzosamente habrá muchos que, 
por su nacionalidad, ó por sus doctrinas, ó bien por circuns- 
tancias y caprichos exclusivamente personales, no participarán 
de la veneración que ha levantado esas estatuas, y acaso ex- 
perimentarán ante ellas la mortificación del sentimiento herido, 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO I I 

de la convicción contrariada. ¿Quién se atrevería á sostener 
que esto podría ser motivo para que la admiración y la gra- 
titud de las colectividades humanas se condenasen á una ri- 
dicula abstención de toda forma pública, de todo homenaje 
ostensible?... Lo que la conciencia de un pueblo consagra, — 
y aún más lo que la conciencia de la humanidad consagra — 
como juicio definitivo y sanción perdurable, tendrá siempre 
derecho á imponerse sobre toda disonancia individual, para las 
manifestaciones solemnes de la rememoración y la gloria. 

Hablemos con sinceridad; pensemos con sinceridad. Nin- 
gún sentimiento, absolutamente ningún sentimiento respetable 
se ofende con la presencia de una imagen de Cristo en las 
salas de una casa de caridad. El creyente cristiano verá en 
ella la imagen de su Dios, y en las angustias del sufrimiento 
físico levantará á ella su espíritu. Los que no creemos en tal 
divinidad, veremos sencillamente la imagen del más grande y 
puro modelo de amor y abnegación humana, glorificado donde 
es más oportuna esa glorificación: en el monumento vivo de 
su doctrina y de su ejemplo; á lo que debe agregarse todavía 
que ninguna depresión y ningún mal, y sí muy dignificadoras 
influencias, podrá recibir el espíritu del enfermo cuyos ojos 
tropiecen con la efigie del Maestro sublime por quien el be- 
neficio que recibe se le aparecerá, no como una humillante 
dádiva de la soberbia, sino como una obligación que se le 
debe en nombre de una ley de amor, y por quien, al volver 
al tráfico del mundo, llevará acaso consigo una sugestión per- 
sistente que le levante alguna vez sobre las miserias del 
egoísmo y sobre las brutalidades de la sensualidad y de la 
fuerza, hablándole de la piedad para el caído, del perdón 
para el culpado, de la generosidad con el débil, de la es- 
peranza de justicia que alienta el corazón de los hombres y 
de la igualdad fraternal que los nivela por lo alto. 

Es este criterio y este sentimiento de honda justicia huma- 
na el que habría debido mantenerse y prevalecer sobre la 
suspicacia del recelo anti-religioso. Pero el jacobinismo, que 



12 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



con relación á los hechos del presente tiene por lema: «La 
intolerancia contra la intolerancia», tiene por característica, 
con relación á las cosas y á los sentimientos del pasado, esa 
funesta pasión de impiedad histórica que conduce á no mirar 
en las tradiciones y creencias en que fructificó el espíritu de 
otras edades, más que el límite, el error, la negación, y no 
lo afirmativo, lo perdurable, lo fecundo, lo que mantiene la 
continuidad solidaria de las generaciones, perpetuada en la 
veneración de esas grandes figuras sobrehumanas — profetas, 
apóstoles, reveladores, — que desde lo hondo de las genera- 
ciones muertas iluminan la marcha de las que viven, como 
otros tantos faros de inextinguible idealidad. 



Si la intolerancia ultramontana llegara un día á ser go- 
bierno, mandaría retirar de las escuelas públicas el retrato 
de José Pedro Várela. — ¿Qué importa que la regeneración 
de la educación popular haya sido obra suya? No modeló su 
reforma dentro de lo que al espíritu ortodoxo cumplía; no 
tendió á formar fieles para la grey de la Iglesia: luego, su 
obra se apartó de la absoluta verdad, y es condenable. No 
puede consentirse su glorificación, porque ella ofende á la 
conciencia de los católicos! — Esta es la lógica de todas las 
intolerancias. 

La intolerancia jacobina — incurriendo en una impiedad mu- 
cho mayor que la del ejemplo supuesto, por la sublimidad de 
la figura sobre quien recae su irreverencia, — quiere castigar 
en la imagen del redentor del mundo el delito de que haya 
quienes, dando un significado religioso á esa imagen, la con- 
viertan en paladión de una intolerancia hostil al pensamiento 
libre. Sólo ve en el crucifijo al dios enemigo, y enceguece para 
la sublimidad humana y el excelso significado ideal del mar- 
tirio que en esa figura está plasmado. ¿Se dirá que lo que se 
expulsa es el signo religioso, el icono, la imagen del dios; y 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 1} 

no la imagen del grande hombre sacrificado por amor de sus 
semejantes? La distinción es arbitraria y casuística. Un cru- 
cifijo sólo será signo religioso para quien crea en la divinidad 
de aquel á quien en él se representa. El que lo mire con los 
ojos de la razón — y sin las nubes de un odio que sería in- 
concebible, por lo absurdo, — no tiene porqué ver en él otra 
cosa que la representación de un varón sublime, del más alto 
Maestro de la humanidad, figurado en el momento del martirio 
con que selló su apostolado y su gloria. Sólo una conside- 
ración fanática — en sentido opuesto y mil veces menos tole- 
rable que la de los fanáticos creyentes,— podría ver en el 
crucifijo, per se, un signo abominable y nefando, donde haya 
algo capaz de sublevar la conciencia de un hombre libre y 
de enconar las angustias del enfermo que se revuelve en el 
lecho del dolor. 

¿Por qué el enfermo librepensador ha de ver en el cruci- 
fijo más de lo que él le pone ante los ojos: una imagen que 
evoca, con austera sencillez, el más sublime momento de la 
historia del mundo y la más alta realidad de perfección hu« 
manar ¿Acaso porque ese crucifijo, puesto en manos de un 
sacerdote, se convierte en signo é instrumento de una fe re- 
ligiosa? Pero no es en manos de un sacerdote donde le verá, 
sino destacándose inmóvil sobre la pared desnuda, para que 
su espíritu lo refleje libremente en la quietud y desnudez de 
su conciencia... 

VI 

De cualquier punto de vista que se la considere, la reso- 
lución de la Comisión de Caridad aparece injustificada y de- 
plorable. 

No reivindica ningún derecho, no restituye ninguna libertad, 
no pone límite á ningún abuso. 

Y en cambio hiere á la misma institución en cuyo nombre 
se ha tomado ese acuerdo; quitando de ella el sello visible 



14 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



que recordaba su altísimo fundamento histórico: que insusti- 
tuiblemente concretaba el espíritu del beneficio que allí se 
dispensa, en nombre de una ley moral que no ha dejado de 
ser la esencia de nuestra civilización, de nuestra legislación 
y de nuestras costumbres. Y hiere á la conciencia moral, in- 
teresada en que no se menoscabe ni interrumpa el homenaje 
debido á las figuras venerandas que son luz y guía de la 
humanidad; homenaje que si es un esencialísimo deber de 
justicia y gratitud humana, es, además, para la educación de 
las muchedumbres, un poderoso medio de sugestión y de en- 
señanza objetiva; lo mismo cuando se encarna en los bronces 
y los mármoles erigidos en la plaza pública, que cuando se 
manifiesta por la efigie colgada en las paredes de la escuela, 
del taller, de la biblioteca ó del asilo: de toda casa donde se 
trabaje por el bien ó la verdad. 

Esto es lo que sinceramente siento sobre el punto que 
usted somete á mi consideración; esto es lo que yo propon- 
dría á la meditación de todos los espíritus levantados sobre 
los fanatismos y las intolerancias. 

Haga usted de esta carta el uso que le parezca bien, y 
créame su afectísimo amigo. 



José Enrique Rodó. 



CONTRARRÉPLICAS 



(PUBLICADAS EN « LA RAZÓN », CON MOTIVO DE LA CONFERENCIA DADA 

POR EL DOCTOR DON PEDRO DÍAZ, EN EL « CENTRO LIBERAL », 

EL DÍA 14 DE JULIO, REFUTANDO LAS IDEAS EXPUESTAS 

EN LA CARTA ANTERIOR ) 



Esperaba con interés la publicación de la conferencia que 
el doctor don Pedro Díaz consagró á refutar mi crítica de la 
expulsión de los crucifijos, de las salas del Hospital de 
Caridad. — No se mezclaba á ese interés el propósito precon- 
cebido de contrarreplicarle, y hasta deseaba que mi partici- 
pación personal en la agitación de ideas promovida alrede- 
dor de tan sonado asunto, quedara terminada con la exposi- 
ción serena de mi juicio. 

No es que no sea para mí un placer quebrar una lanza 
con inteligencia tan reflexiva y espíritu tan culto como los- 
que me complazco en reconocer, desde luego, en mi adversa- 
rio de ocasión; pero confieso que, un tanto desengañado so- 
bre la eficacia virtual de la polémica como medio de aquilatar 
y depurar ¡deas, me hubiera contentado con dejar persistir,, 
frente á frente, mi argumentación y su réplica, para que, 
por su sola virtud, se abrieran camino en los espíritus dota- 
dos de la rara cualidad de modificar sinceramente sus juicios 
ó prejuicios por la influencia del raciocinio ajeno. 

Pero, por otra parte, el grave mal de estas disputas sobre 
puntos de índole circunstancial y transitoria, es que en sus- 



i6 



JOSÉ ENRIQUE R 



proyecciones quedan casi siempre envueltos puntos mucho 
más altos, de interés imperecedero y esencia!, que las con- 
veniencias accidentales del polemista resuelven en el sentido 
más favorable á su tesis del momento; propendiéndose con 
frecuencia así á deformar la verdad, á arraigar la mentira 
histórica, á fomentar sofismas perniciosos y enormes injusti- 
cias, que acaso quedan flotando en el aire y se fijan luego 
€n las asimilaciones inconscientes del criterio vulgar, como el 
único y deplorable rastro de estas escaramuzas efímeras. — No 
es otro el interés que me mueve á no dejar sin contrarré- 
plica la refutación á que aludo. 

Me detendré ante todas las fases de la cuestión, que enca- 
ra el doctor Díaz, y aun ante algunas otras; y le seguiré, 
paso á paso, en todas las evoluciones y los giros y las vuel- 
tas y revueltas de su habilidosa argumentación; por lo cual 
ha de disculpárseme de antemano si abuso, con más exten- 
sión y por más días que fuera mi deseo, de la afectuosa hos- 
pitalidad de este diario. 

Libre de toda vinculación religiosa, defiendo una gran tra- 
dición humana y un alto concepto de la libertad. 

No miro á mi alrededor para cerciorarme de si está con- 
migo la multitud que determina el silent vote de la opinión y 
que determinaría el si ó el no en un plebiscito de liberales. 
Me basta con perseverar en la norma de sinceridad invaria- 
ble, que es la única autoridad á que he aspirado siempre 
para mi persona y mi palabra. Recuerdo que, cuando por 
primera vez tuve ocasión de hablar en una reunión política, 
en vísperas de elecciones y con la consiguiente exaltación de 
los ánimos, fué para decir á la juventud en cuyo seno me 
encontraba, que mi partido debía ceder el poder si caía ven- 
cido en la lucha del sufragio. Tal manifestación, hecha en 
días de gran incertidumbre electoral y en un ambiente de 
apasionamientos juveniles, no era como para suscitar entu- 
siasmos, y á los más pareció, cuando menos, inoportuna; 
pero no pasó mucho tiempo sin que pudiese comprobar que 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 1 7 

más de uno de los que se acercaran á censurármelo en aquel 
momento, se había habituado á escuchar 'sin escándalo, y 
aun á reconocer por sí mismo, que la conservación del po- 
der debía plantearse en el terreno franco y llano del dere- 
cho. — El más seguro camino, no ya para la aprobación in- 
terior, sino también para el triunfo definitivo, es el de de- 
cir la verdad, sin reparar en quién sea el favorecido ocasio- 
nalmente por la verdad; y nunca habrá satisfacción más 
intensa para la conciencia leal, que cuando se le presente 
oportunidad de proclamar la razón que asiste del lado de 
las ideas qne no se profesan, y de defender el derecho que 
radica en el campo donde no se milita. 

Dicho esto, entremos, sin más dilaciones, en materia. 



Los orígenes históricos de la caridad 

Afirmé en mi carta, y repito y confirmo ahora, que la vin- 
culación entre el espíritu de las casas de beneficencia y el 
significado de la imagen que ha sido expulsada de su seno, 
es tan honda como manifiesta é innegable; que Jesús es en 
nuestra civilización, y aun en el mundo, el fundador de la 
caridad; que por él este nombre de caridad tomó en labios 
de los hombres acepción nueva y sublime; y que son su 
enseñanza y su ejemplo los que, al cabo de los siglos, 
valen para el enfermo la medicina y la piedad. 

El estimable conferenciante desconoce rotundamente todo 
esto; sostiene que «no es por la idea ni por el sentimiento cris- 
tiano por lo que el hombre socorre al hombre»; califica de 
falso mi concepto de la personalidad de Jesús, y añade que 
este concepto importa atribuir al fundador del cristianismo, 
en la historia de la humanidad, una significación que «la 
ciencia» (asi dice) le niega en absoluto. 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Escuchemos la severa palabra de la ciencia. La ciencia nos ' 
opone, por labios del doctor Díaz, un argumento deductivo y 
copiosos argumentos históricos. El argumento deductivo con- 
siste en inferir que siendo las revoluciones morales y sociales 
la obra impersonal de las fuerzas necesarias ■ que se desen- 
vuelven, con el transcurso del tiempo, en el seno de las so- 
ciedades humanas, importa una anomalía inaceptable atribuir 
la iniciativa de un nuevo sentimiento moral á la inspiración 
personalísima de un hombre: cosa que, de ser cierta, inva- 
diría la esfera del milagro y confirmaría para Cristo la 
naturaleza, que le negamos, de Dios. 

No se necesita mucho esfuerzo para mostrar !a inconsis- 
tencia de tal razonamiento, aun colocándose dentro del cri- 
terio histórico que más lo favorezca. Porque sin menoscabar 
la acción de las fuerzas necesarias que presiden á la evolu- 
ción de las sociedades y preparan en su oscuro laboratorio 
los resultados ostensibles de la historia humana, cabe perfec- 
tamente valorar la misión histórica y la originalidad de las 
grandes personalidades que, con carácter de iniciadores y re- 
formadores, aparecen personificando en determinado momento 
los impulsos enérgicos de innovación; aunque su obra haya 
sido precedida por un largo proceso de preparación lenta é 
insensible, y aunque la acción del medio en que actúan cola- 
bore inconscientemente con ellas para el triunfo que se ma- 
nifiesta como exclusiva conquista de su superioridad. 

Por mucho que se limitase la jurisdicción de la voluntad y 
el pensamiento personales; por mucho que se extremara la 
concepción determinista de la historia, nunca podría llegarse 
á anular el valor de aquellos factores hasta el punto de que 
no fuera lícito á la posteridad, en sus rememoraciones y san- 
ciones, vincular á un nombre individual la gloria máxima de 
una iniciativa, la inspiración capital de una revelación, el mérito 
superior de una reforma. — La invención personal, en la esfera 
de las ideas morales, representa una realidad tan positiva é 
importante — según ha mostrado Ribot en su análisis de la ima- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 



! 9 



ginación creadora, — como en el terreno de la ciencia ó del 
arte, (i) 

Pero hay más: para atribuir á Jesús la fundación de la 
moral caritativa, no sólo no se requiere desconocer las fuer- 
zas históricas que obren por encima de la personalidad huma- 
na para producir los movimientos morales y sociales, sino que 
no es necesario desconocer siquiera los precedentes, más ó 
menos directos y eficaces, que aquella moral haya tenido dentro 
mismo de la conciencia y la acción personal de los hombres. 
El doctor Díaz refuerza su argumento deductivo con abundantes 
citas históricas para demostrarnos que el sentimiento de la 
caridad ha existido en el mundo desde mucho antes de Jesús; 
y que ya entendían de caridad Confucio, Buda, Zoroastro y 
Sócrates y cien otros. Muy pronto desvaneceremos la ilusión 
que pueda cifrar el doctor Díaz en estos recursos de su erudi- 
ción histórica, v reduciremos á su verdadero valor la congruen- 
cia y oportunidad de tales citas. Pero aceptándolas provisio- 
nalmente, y concediendo que fuesen exactas y oportunas, ellas 
no serían un motivo para que Jesús no pudiera ser llamado, 



(i) «En <*1 origen délas civilizaciones se encuentran personajes semi- 
« históricos y semi-legendarios (Manú, Zoroastro, Moisés, Confucio, 
« etc.), que han sido inventores ó reformadores en el orden social y 
« moral. Que una parte de la invención que se les atribuye es debida 
« á sus predecesores y á sus sucesores, es evidente, pero la invención, 
« sea quien quiera el autor, no es por eso menos cierta. Hemos dicho 
« en otra parte, y se nos permitirá repetirlo ahora, que esta expresión 
« inventores aplicada á la moral, podrá parecer extraña á algunos, por- 
« que están imbuidos por la hipótesis de un conocimiento del bien y del 
« mal innato, universal, compartido por todos los hombres y en todos 
« los tiempos Si se admite, por el contrario, como lo impone la 
« observación, no una moral hecha de antemano, sino una moral que 
« se va haciendo poco á poco, preciso es que sea la creación de un 
« individuo ó de un grupo » (Ribot, Ensayo sobn la imaginación crea- 
dora, tercera parte, cajr» . VID . 



20 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



en el sentido usual de este género de calificaciones históricas, 
el fundador de la caridad en el mundo. El mismo argumento 
que invocaba el doctor Díaz para resistirse á aceptar que la 
moral del cristianismo haya significado tan excepcional vuelco 
de ideas; su mismo argumento de que no hay obra humana 
sin preparación y antecedentes, determinaría el significado de 
las relaciones que pudieran encontrarse, en la historia anterior 
al cristianismo, con la obra de Jesús. No hay obra humana 
sin preparación y antecedentes; y sin embargo de ello, hay y 
habrá siempre, para el criterio de la historia, iniciadores, fun- 
dadores, hombres que resumen en sí el sentido de largos es- 
fuerzos colectivos, la originalidad de una reforma social, la 
gloria de una revolución de ideas. 

Cuatro siglos antes de que Lutero quemase en la plaza de 
Witenberg las bulas de León X, habían rechazado los albi- 
genses la autoridad del pontífice romano y sostenido la única 
autoridad de las Escrituras; largos años antes de Lutero, 
habían sido arrojadas al Tíber las cenizas de Arnaldo de Brescia, 
y había perecido Juan Huss por la libertad de la conciencia 
humana. Pero Lutero es y será siempre ante la justicia de 
los siglos el fundador de la reforma religiosa. 

Varias generaciones antes de que Sócrates platicase de 
psicología y de moral con los ciudadanos de Atenas, había 
filosofado Tales, y Pitágoras había instituido su enseñanza 
sublime, y habían razonado los atomistas y habían argumen- 
tado los eléatas; pero Sócrates es y será siempre en la memo- 
ria de la posteridad el fundador del pensamiento filosófico. 

Mucho tiempo antes de que Colón plantase en la playa de 
Guanahani el estandarte de Castilla, los marinos normandos 
habían llegado con sus barcos de cuero, no ya á las costas 
del Labrador y de Terranova, sino á las mismas tierras donde 
hoy se levantan las más populosas, más opulentas y más 
cultas ciudades de la civilización americana; pero Colón es y 
será siempre ante la conciencia de la historia el descubridor 
del Nuevo Mundo. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 21 

Más de un sigio antes de que la Revolución del 89 procla* 
mará el principio de la soberanía popular y realizase la forma 
republicana, los puritanos de Inglaterra habían reivindicado 
los derechos del pueblo, y el trono de los Estuardos había 
precedido en la caída al de los Borbones; y á pesar de ello, 
la Revolución del 89 es el pórtico por donde la sociedad 
moderna pasa del ideal del absolutismo monárquico al ideal 
de las instituciones libres. 

Siempre habrá un precedente que invocar, un nombre que 
anteponer, una huella que descubrir, en el campo de las más 
audaces creaciones de los hombres; pero las sanciones de la 
justicia humana no se atendrán jamás al criterio que parta der 
rigor de estos fariseísmos cronológicos, — miserables cuestiones 
de prioridad, cuyo sentido se disipa en la incertidumbre 
crepuscular de todos los orígenes. La predilección en el re- 
cuerdo, la superioridad en la gloria, no serán nunca del que 
primero vislumbra ó acaricia una idea, del que primero prueba 
traducirla en palabras ó intenta comunicarle el impulso de la 
acción; sino del que definitivamente la personifica y consagra: 
del que la impone á la corriente de Tos siglos: del que la 
convierte en sentido común de las generaciones: del que la 
entraña en la conciencia de la humanidad, como la levadura 
que se mezcla en la masa y la hace crecer con su fermento y 
le da el punto apetecido. 

Por lo demás, si existe originalidad humana, no que excluya 
todo precedente, pero sí que se encuentre en desproporción 
con los precedentes que puedan señalársele, es sin duda la 
originalidad de !a persona y la obra de Jesús. El entusiasta 
conferenciante manifiesta extrañar, por honor de la humanidad, 
que se acepte que en las civilizaciones anteriores á Cristo el 
sentimiento de la caridad no fuera conocido y practicado en- 
fermas tan altas, por lo menos, como las que ha realizado la 
enseñanza cristiana. La extrañeza es absurda en quien tanto 
habla de fuerzas que gobiernan la historia por determinismo 
y evolución. Lo que implicaría un concepto evidentemente 



22 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



contradictorio con toda idea de evolución y determinismo, 
sería imaginar que la razón humana ha podido levantarse, 
desde el primer instante de su desenvolvimiento, á la con- 
cepción de la moral más alta, y que la idea del deber no ha 
necesitado pasar por adaptaciones y modificaciones correlati- 
vas con los caracteres del medio, la raza y los demás com- 
plejos factores de la historia, antes de llegar á la moral que 
constituye el espíritu de nuestra civilización. 

Pero entremos á examinar menudamente el valor que tengan 
las citas históricas del doctor Díaz, en relación con nuestro 
asunto. Tal será el tema del artículo siguiente. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 2} 



II 

Los orígenes históricos de la caridad 



(Continuación) 



¿Cuál deberá ser el criterio para graduar la oportunidad y 
eficacia de las citas con que se disputa á Jesús la originalidad 
de la moral caritativa y el derecho á ser glorificado en pri- 
mer término por ella? — El criterio no puede ser otro que el 
de aquilatar la influencia que las doctrinas y los nombres 
citados representen en la obra de difundir y realizar aquella 
moral, con anterioridad á Jesús. Y como ninguna sociedad 
humana está obligada á tributar agradecimiento ni gloria por 
beneficios de que no ha participado, debe agregarse como 
condición que el alcance de tales influencias llegue, directa 
ó indirectamente, á la sociedad que ha de rememorarlas y 
glorificarlas. De donde se sigue que la cuestión queda lógi- 
camente reducida á investigar los orígenes del sentimiento de 
la caridad en cuanto se relacionen con la civilización de cuyo 
patrimonio y espíritu vivimos: la civilización que, tomando sus 
moldes últimos y persistentes en los pueblos de la Europa 
occidental, tiene por fundamentos inconcusos: la obra griega 
y romana, por una parte; la revolución religiosa en que cul- 
minó el cometido histórico del pueblo hebreo, por la otra. 

No negará el doctor Díaz que ésta es la manera como de- 
ben encararse los títulos históricos que se pongan frente á los 
de Jesús; porque de lo contrario, si se admitiera que la simple 
prioridad cronológica, fuera de todo influjo real, determinase 
derecho preferente para la apoteosis, llegaríamos á la conclu- 
sión de que, resuelto un día el problema de la comunicación 
interplanetaria y averiguándose que en Marte ó en Saturno 



24 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



empezó á existir antes que en la Tierra una especie racional 
capaz de virtudes y heroísmos, la humanidad debería posponer 
la glorificación de sus apóstoles y sus héroes á la de los héroes 
y los apóstoles saturninos ó marcianos. 

Establecido, pues, el criterio con que procederemos, ha de 
permitirnos, ante todo, nuestro ilustrado contendor, que pon- 
gamos un poco de orden en la sucesión tumultuosa de sus 
citas, disponiéndolas con arreglo á cierta norma, que, á falta 
de otra menos empírica, será la de su correspondencia geo- 
gráfica de Oriente á Occidente. Y ha de permitirnos también 
que comenzando, según este orden, por Confucio, le negue- 
mos resueltamente el pasaporte, con todo el respeto debido á 
tan majestuosa personalidad. Del lado de Confucio no es 
posible que haya venido, para la civilización europea, ni frío 
ni calor, ni luz ni sombra. Ninguna suerte de comunicación 
espiritual, ninguna noticia positiva siquiera, habían fijado la 
idea de la China en el espíritu de Europa, antes de los via- 
jeros del Renacimiento. Era aquella una tierra de leyenda, — 
la Sérica de los antiguos, la Catay semisoñada de Marco 
Polo. Apenas cuando los navegantes portugueses llegaron á 
las extremidades orientales del Asia, comenzó á abrirse á las 
miradas del mundo el espectáculo de ese pueblo que había 
permanecido por millares de años en inviolada soledad, tan 
ajeno á los desenvolvimientos convergentes y progresivos de 
la historia humana como lo estaría la raza habitadora de un 
planeta distinto. ¿Por qué grietas de la famosa muralla ha 
podido filtrarse un soplo del aire estagnado dentro de aquella 
inmensa sepultura, para infundirse en el espíritu de otras 
civilizaciones y concurrir á formar el sentido moral de la 
humanidad?... — Convengamos en que esta piadosa evocación 
de la geta mongola de Confucio no pasa de ser un exceso de 
dilettantismo chinesco. 

Tras de Confucio, sale á luz la fisonomía, menos pavorosa,, 
de Buda. Nos encontramos en presencia de un ideal moral 
realmente alto y en algunos respectos no inferior, sin duda r 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 2J 

al cristianismo. Nos encontramos además en un mundo que, 
del punto de vista étnico, puede considerarse más vinculado 
al origen de los pueblos occidentales que el propio mundo de 
Jesús. Y con todo, ¿cuáles la influencia histórica positiva del 
budismo en la elaboración del espíritu de la civilización cris- 
tiana? 

Absolutamente ninguna. La religión de Sakia-Muni, expul- 
sada, no bien nacida, de su centro por la persecución de la. 
ortodoxia brahmánica, se extiende hacia el oriente y hacia el 
norte, sigue una trayectoria enteramente opuesta á la que 
hubiera podido llevarla al gran estuario de ideas de Occidente, 
y queda así sustraída á la alquimia de que resultó nuestra 
civilización. Si algún esfuerzo hace el budismo para temar el 
rumbo de las remotas emigraciones de los arias, ante la cer- 
tidumbre histórica ese esfuerzo no pasa de manifestaciones 
oscuras y dispersas. Si ecos menos vagos de su espíritu cabe 
sospechar en alguna de las sectas gnósticas de los primeros 
tiempos cristianos, los ecos se disipan con ellas. Es menester 
que muchos siglos transcurran, y que el maravilloso sentido 
histórico del siglo XIX despeje el enigma multisecular de esa 
India, que no había sido hasta entonces en la imaginación 
europea más que una selva monstruosa, — para que el foco de 
infinito amor y de melancólica piedad que había irradiado en la 
palabra del Buda se revele á la conciencia de Occidente con 
su poética y enervante atracción, suscitando en el pensamiento 
germánico las congeniales simpatías que llevaron el espíritu 
de Schopenhauer al amor del loto de Oriente é indujeron á 
Hartmann á buscar en el desesperanzado misticismo del solita- 
rio de Urulviva el germen probable de la futura religión de 
los hombres (i). 



(i) Las conjeturas de Hartmann sobre el porvenir de la evolución 
religiosa no excluyen de este porvenir la persistencia de elementos 
cristianos, ni impiden que el filósofo del pesimismo reconozca explíci- 
tamente que la preponderancia y el sentido progresivo de la civiliza- 



26 JOSÉ- ENRIQUE RODÓ 

Queda cerrado el atajo de Sakia-Muni. — Sigamos adelante. 
Henos aquí en plena Persia, ante el formidable Zarathustra 
de Nietzche, ó el Zoroastro de la denominación vulgar. — 
«¿Cómo hablaba Zarathustra?» Según el doctor Díaz, de manera 
no menos alta y generosa que Jesús. Démoslo de barato y 
vamos á lo pertinente: ¿ha trascendido de allí al espíritu de 
nuestra civilización una influencia positiva que menoscabe la 
originalidad de nuestra ley moral? — Este es, sin duda, un 
campo histórico más fronterizo que los de Buda y Confucio, 
con los orígenes de la civilización cristiana. Admitamos sin 
dificultad que el ambiente de la religión de la Persia, respi- 
rado por los profetas durante el cautiverio, haya suministrado 
elementos teológicos y morales á la elaboración del mesianismo 
judío. Concedamos también que, fuera de esa vía de comuni- 
cación, el espíritu occidental haya podido asimilarse, por 
intermedio de la cultura helénica, partículas que procedan del 
contenido ideal del mazdeísmo; sea desde los viajes más ó 
menos legendarios de Pitágoras, sea desde las expediciones 
de Alejandro. ¿Quién es el que se atrevería á precisar, aun 
así, la vaguedad incoercible de estas infiltraciones históricas, 
úe aquellas que no faltan jamás ni alrededor de la obra de 
más probada espontaneidad; y quién podría demostrar, sobre 
todo, que ellas se relacionan con el sentimiento moral cuya 



ción occidental se deben á la superioridad de la filosofía cristiana, en 
cuanto afirma la realidad del mundo, sobre el idealismo nihilista que ha 
detenido la evolución de los arias asiáticos. Para Hartmann la fórmula 
religiosa del porvenir será una síntesis del desenvolvimiento religioso 
ariano y el semítico, del budismo y el cristianismo; sólo que concede 
marcada preferencia al primero, por entender que el panteísmo es una 
concepción más conciliable con la idea científica del mundo que el 
deísmo personal trascendente, y por creer en las ventajas del pesimis- 
mo, como fundamento ético, sobre el espíritu, optimista en definitiva, 
déla moral judeo-cristiana. Véase Hartmann, La religión del porvenir, 
capítulos VIH y IX. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 2~J 

procedencia discutimos y que se relacionan hasta el punto de 
determinar una influencia capaz de considerarse como valor 
histórico estimable y de pesar en las sanciones de la posteri- 
dad? — Por otra parte, ó esta cuestión no existe, ó se reduce 
á la de la originalidad de la obra de Jesús con relación al 
testamento antiguo y á la moral de los filósofos griegos: úni- 
cos puentes posibles entre el espíritu del reformador de la 
Bactriana y la conciencia de la moderna civilización. Ningún 
otro influjo autoriza á incluir la moral del mazdeísrno entre 
los precedentes de la moral que profesamos. La religión del 
Zend-Avesta, no sólo perdió en Maratón y Salamina la fuerza 
necesaria para propagarse é influir en los destinos del mundo, 
sino que ni aun supo persistir dentro de sus propias fronteras, 
y fué barrida de ellas al primer empuje de proselitismo del 
Corán, para arrinconarse en las semi-ignoradas regiones donde 
aún prolonga su lánguida agonía. — La evocación de Zoroas- 
tro no tiene, pues, más oportunidad que la de Confucio y 
Buda. 

Análogas razones invalidan la cita del Egipto, cuya inter- 
vención veneranda negocia también el distinguido orador, 
para que le auxilie con la moral del Libro de los muertos. — ■ 
Aquí el contacto es evidente, por ambas faces de los oríge- 
nes cristianos: evidente el contacto del pueblo de Israel con 
el imperio de los Faraones, y por tanto muy presumible la 
influencia de la tradición egipcia en el espíritu de la ley mo- 
saica; y evidente el contacto del pensamiento griego, desde 
Pitágoras ó desde antes de Pitágoras, con la enseñanza de 
los sacerdotes del Nilo. Pero estas vinculaciones quedan 
incluidas entre las de la doctrina de Jesús con la antigüedad 
hebrea y helénica, punto que hemos de considerar en breve 
llevados por los pasos de nuestro replicante. Si Cristo se 
relaciona con los adoradores de Osiris, será por intermedio 
de Moisés; y si el cristianismo primitivo se asimila elementos 
de procedencia egipcia será por intermedio de los pensadores 
griegos, y singularmente del neo-platonismo de Alejandría. 



28 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Lo que cabe preguntar desde luego es si la originalidad y 
virtud de la moral cristiana, como ley de amor extendida á 
todos los hombres, ha podido venir del seno del Libro de los 
muertos; y para esta pregunta la respuesta negativa se impone 
con absoluta certidumbre, siendo indudable que lo que la 
tradición de los egipcios haya proporcionado para la consti- 
tución del dogma cristiano, podrá referirse á la parte teoló- 
gica ó teogónica, pero nunca al espíritu y la expansión de la 
moral, que aquel pueblo de formulistas y canonistas, con su 
inmovilidad hierática y su egoismo desdeñoso y estrecho, ja- 
más hubiera sido capaz de infundir, por su propia eficacia, 
en el organismo de una fe apta para propagarse é imponerse 
al mundo. 

Vea, pues, nuestro estimable antagonista cómo podíamos 
habernos ahorrado este paseo por Oriente. No es en aquellas 
civilizaciones donde se encendió, para la nuestra, el fuego de 
la caridad. No será allí donde sea posible hallar argumentos 
que menoscaben la grandeza de la obra de Jesús ni la ori- 
ginalidad de su moral, como títulos para nuestra gratitud y 
glorificación. — Y esta razón decisiva nos exime de entrar en 
argumentos de otro orden, y juzgar el árbol por sus frutos, 
según enseña el Evangelio: el valor de la doctrina por los 
resultados de la aplicación; y mostrar á la China de Confucio 
momificada en el culto inerte de sus tradiciones; al Tibet y 
la Indo-China de Buda durmiendo, bajo el manzanillo del 
Nirvana, el sueño de la servidumbre; á la Persia de Zoroas- 
tro olvidada de su originalidad y su grandeza, para echarse 
á los pies del islamismo; y á la Europa y la América de 
la civilización cristiana, manteniendo en alto la enseña capi- 
tana del mundo sobre quinientos millones de hombres, forta- 
lecidos por la filosofía de ia acción, de la esperanza y de la 
libertad. 

Mañana relacionaremos la idea cristiana de la caridad con 
sus inmediatos precedentes: la ley hebrea y la moral helénica, 
y examinaremos si en este terreno tiene mejor éxito la dia- 
léctica del doctor Díaz. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 29 

III 

Los orígenes históricos de la caridad 



(Continuación) 



Admiremos, ante todo, los contradictorios resultados á que 
lleva la pasión de la polémica. Es indudable que, para quien 
se proponga negar la originalidad de Jesús, significa una po- 
sición mucho más fuerte colocarse dentro del Antiguo Tes- 
tamento y tender á demostrar la identidad de su espíritu con 
la moral cristiana, que remontarse, en busca de inoportunos 
precedentes, á Confucio, Buda y Zoroastro. Pero como el 
interés es amenguar á toda costa la fama histórica de Jesús, 
y como el Antiguo Testamento está demasiado vinculado con 
Jesús para que allí pueda reconocerse cosa buena siendo el 
fundador del cristianismo tan insignificante y tan nulo, nues- 
tro replicante presenta lo que debiera haber sido la parte 
principal de su argumentación, en esta forma displicente y 
casi desDectiva: «En los mismos libros del Antiguo Testa- 
mento, anteriores á Jesús, hay preceptos de caridad. . . ., etc.». 

Los hay, sin duda; y en este punto, no sólo aceptamos el 
argumento que se nos opone, sino que, antes de refutarlo, 
lo ampliamos y reforzamos por nuestra cuenta. 

La caridad — puede, efectivamente, decírsenos, — estaba toda 
en el espíritu y la letra de la ley antigua. El amor del po- 
bre, del desamparado, del vencido, es la esencia misma de 
esa clamorosa predicación de los profetas, que constituye el 
más penetrante grito de la conciencia popular entre las reso- 
nancias de la historiajhumana. No hay más efusión de caridad 
en las parábolas del Evangelio que en las sentencias del 
«Deuteronomio» ó en la poesía de los Salmos. La glorifi- 



}0 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



cación del esclavo, del humilde, no necesitaba ser revelada 
por Jesús al pueblo que había probado por sí mismo las 
amarguras del esclavo, durante la larga noche de su cauti- 
verio. 

¿En qué consiste entonces la originalidad moral de la ley 
nueva? ¿En qué consiste que la caridad deba llevar el sello 
de Jesús y no el sello de Moisés ó Isaías? Apenas aparece 
necesario decirlo. En que la Ley y los profetas fueron una 
obra eminentemente nacional, y la obra de Jesús fué una 
obra esencialmente humana; en que la Ley y los profetas 
predicaban para su pueblo y Jesús predicaba para la humani- 
dad; en que la caridad de la Ley y los profetas no abraza- 
ba más que los límites estrechos de la nacionalidad y de la 
patria, y la caridad de Jesús, mostrando abierto el banquete 
de las recompensas á los hombres venidos de los cuatro pun- 
tos del horizonte, rebosaba sobre la prole escogida de Abra- 
ham y llenaba los ámbitos del mundo. 

La campaña contra la imagen de Cristo levanta por ban- 
dera el postulado de que la caridad prevalece sobre las di- 
ferencias religiosas; y desconoce que ese mismo postulado á 
que se acoge, ese mismo principio en que se escuda, perte- 
necen, por derecho irrefragable, á quien, oponiéndolos á la 
tolerancia orgullosa de su tiempo, los consagró para siempre, 
con la hermosa sencillez de sus parábolas, en el ejemplo de 
«el samaritano y el levita» (i) que minaba las bases de la 
caridad fundada sólo en la coparticipación de la fe. 



(i) Sin Lucas, X, 30-57. — El señor Bossi, en el libro de que se ha- 
blará más adelante [fesuscrito nunca ha existido. Pág 173 de la traduc- 
ción española) invierte los términos de esta notoria diferencia entre la 
moral del Antiguo Testamento y la del Nuevo, atribuyendo á la frater- 
nidad cristiana el carácter nacionalista ósectario, yá la judía el humani- 
tarismo. La paradoja no tiene siquiera el mérito de la originalidad. Esta 
es, desde luego, una cuestión palmariamente resuelta por los hechos 
históricos, que presentan al cristianismo tendiendo, desde su nacer, á 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO } I 

Pero abramos campo todavía. Imaginemos qiK- esta exten- 
sión universal del espíritu caritativo estuviera ya en germen 
en los preceptos de la antigua ley y no necesitara sino des- 



universalizarse y fundando la unidad humana más amplia y compren- 
siva; y al judaismo, confirmándose después de la destrucción de su 
Templo, y perseverando rusta nuestros días, en su exclusivismo de 
raza y su insociabilidad genial. El señor Bossi no puede desconocer lo 
evidente y confiesa (pág. 178) que la fraternidad universal es «la esen- 
cia del cristianismo >>; sólo que atribuye este resultado á influencias ex- 
trañas á la moral, que llama sectaria, del Evangelio. Pero es absurdo 
pretender que el humanitarismo cristiano proceda, en lo fundamental, 
de otra parte que de la moral evangélica. Las citas en que apoya la 
paradoja el sen r Bossi (pág. n6) son unilaterales y contrarias á todo 
principio de lealtad y corrección en la crítica. No sólo se atiene casi 
exclusivamente al Evangelio de San Mateo, que. como se sabe, es el 
más penetrado de judaismo conservador, sino que toma únicamente de 
él lo que puede convenir á su prejuicio. Así, menciona la prohibición 
de entrar en ciudades de gentiles y samaritanos (Mateo, X 5-7); y el 
episodio de la mujer cananea (Mateo XV, 22-26), no sin excluir de la 
referencia los versículos finales (27 y 28), que completan, y en cierto 
modo rectifican, el sentido; y el pasaje que presenta á los apóstoles 
juzgando sólo á las doce tribus de Israel (Mateo, XIX, 28). La refuta- 
ción de pleitista consistiría en argüir que el significado de esos y otros 
pasajes debe tomarse en la inteligencia de una simple prioridad crono- 
lógica en la conversión de los judíos respecto de la de los gentiles, 
como cabe sostener fundándose en la versión dada por San Marcos, 
(VII, 27), de las palabras de Jesusa la Cananea, y en las de San Pablo 
y San Bernabé á los judíos en las «Actas de los Apóstoles» (XIII, 46). 
Pero la sinceridad crítica y el interés desapasionado en la indagación 
de la verdad, están en aceptar derechamente el significado judaísta de 
tales referencias, para argumentar luego con que no es admisible valo- 
rarlas sin poner al lado de ellas los lugares en que aparece, de manera 
clara é inequívoca, el sentido humanitario. Así, en el mismo Mateo, 
el episodio del centurión de Cafarnaum (VIII, 5-13), y la parábola de 
los labradores sustituidos en el cultivo de la viña (Mateo, XXI, 33-43; 
Marcos, XII, 1-9; Lucas, XX, 9-16), y la de los caminantes llamados 



3 2 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



envolverse y propagarse. Aun así, el vínculo por el cual 
esa escondida virtud de la tradición mosaica se habría co- 
municado con el mundo y le habría conquistado y redimido, 



al convite de bodas (Mateo, XXII, 2-10; Lucas, XIV, 16-23); y en Lu- 
cas, la citada parábola del samaritano y el levita, y el caso del sama- 
ritano agradecido ( XVII, 1 1-16 ); y en Juan, la hermosísima escena de 
la Samarilana (IV, 5-23); y finalmente, los mandatos de que el Evan- 
gelio se predique á todas las gentes y naciones, en Mateo (XXIV, 14, y 
XXVIII, 19), en Marcos (XVI, 15) y en Lucas (X, 1 y XXIV, 47), co- 
rroborados en Juan con el anuncio de la glorificación de Jesús por los 
gentiles (XII, 20-23). Es, pues, inexcusable la necesidad de reconocer 
en los Evangelios la huella de ambas tendencias — judaismo y humani- 
tarismo — tal como alternativamente se imponían al espíritu de los 
evangelistas; y partiendo de aquí, quien se proponga inferir con since- 
ridad, entre ambas, cuál es la que verdaderamente interpreta la posi- 
ción original de Jesús, se inclinará sin género de duda á atribuirle el 
sentido humanitario, y hallará para los vestigios de judaismo, ya la ex- 
plicación de que el Maestro no llegó probablemente á aquél desde el 
primer instante de sus predicaciones, ya la de las resistencias que en 
la mente de los discípulos, sujeta todavía por los vínculos de la tradi- 
ción y la raza, debía hallar el atrevimiemo de un espíritu inmensa- 
mente superior al de ellos en amplitud é independencia genial de tales 
vínculos. Sabido es que la lucha entre la tendencia universalista y la ju- 
daica constituye, durante el primer siglo, el conflicto interior del cris- 
tianismo naciente; y por mucha parte que deba atribuirse en el triunfo 
de la expansión humanitaria á la iniciativa de San Pablo, es seguro 
que esta iniciativa no hubiera prosperado á no tener hondas raíces en 
la doctrina original. Nadie puede lealmente desconocer que el sentido 
humanitario es el que se conforma y armoniza con el carácter general 
de la personalidad y la doctrina de Jesús, y desde luego, el que fluye 
necesariamente de su concepción del sentimiento religioso: separando 
este sentimiento de la autoridad de la tradición y de la ley, para darle 
por fundamento único la intimidad de la conciencia, la sinceridad del 
corazón, no podía menos de llegarse á repudiar la idea del privilegio 
de un pueblo elegido y de la indignidad de los otros. Los dos grandes 
historiadores del Jesús humano concuerdan en la interpretación del es- 
píritu del Reformador en este punto: véase Renán, Vida de Jesús, 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO ^ 



no sería otro que la palabra de Jesús. En Grecia, en Roma, 
en todo el oriente del Mediterráneo, las colonias judías pre- 
cedieron en mucho tiempo á las misiones de los apóstoles; pero 
su espíritu no fué, antes de la propagación del cristianismo, 
más que un ánfora cerrada, sin trascendencia real en el am- 
biente. ¡Qué miserable virtud había de tener por sí solo para 
mover la corriente magnética de las simpatías humanas! La 
sinagoga sin Jesús es el fariseísmo: el hedor del sepulcro, la 
hipocresía de la fórmula. Jamás pudo surgir de almas de fa- 
riseos la redención de la humanidad. Lejos de cooperar des- 
de sus reductos á la obra histórica del cristianismo, la orto- 
doxia judía, que sacrificó al Reformador en nombre de la 
ley, fué el mortal enemigo que hubo de vencer la fe naciente, 
no ya fuera, sino dentro mismo de su seno; y el cristianismo 
necesitó romper los últimos lazos que le sujetaban á la tra- 
dición para no perecer consumido por su sombra: como ha- 
bría perecido, sin duda, si el genio propagador y humanita- 
rio de San Pablo no le arrancara de aquella atmósfera de 
muerte, separando, según el precepto del Maestro, el vino 
nuevo de las odres que le hubieran agriado. 

Cabe aún una última objeción, — si es que puede llegarse á 
la última objeción cuando se tiene enfrente la pertinacia im- 
perturbable de las opiniones sistemáticas. Jesús no se levanta 
sobre la planicie del fariseísmo como montaña aislada y sú- 
bita, á manera de los conos volcánicos. Anhelos é impulsos 
de reforma; tendencias inconexas, pero inconscientemente con- 
vergentes en el sentido de comunicar más efusión de amor 
al espíritu de la caridad, más amplitud y fuerza íntima al 
sentimiento religioso, más extensión humanitaria á la idea de 



Cap. XIV: «Relaciones de Jesús con los paganos y los samaritanos», 
y Strauss, Nueva vida de Jesús, Lib. I, XXVI: «Jesús y los gentiles». 
•Consúltese también en Strauss la «Mirada retrospectiva sobre los tres 
.primeros Evangelios» : ob. cit. Introducción, XIX, XX, XXI. 



54 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



la solidaridad social, se agitaban, con la recrudecencia de 
las esperanzas mesiánicas, en torno de la sinagoga; y en ese 
desasosiego presagioso el maestro de Nazareth no fué el único 
ni el primero. — Algo aprovecha de este argumento posible el 
doctor Díaz; y así, aunque con un tanto de incongruencia, — 
furtivamente deslizado entre su Buda, su Zoroastro y su Con- 
fucio,— trae á luz el nombre de Filón, el judío de Alejandría 
que, simultáneamente ó con alguna anterioridad á Jesús, ob- 
tuvo de la conciliación del deísmo de su pueblo con la filoso- 
fía neo-platónica, una moral inspirada en un alto sentimiento 
de la fraternidad humana. Demos paso á Filón — y hasta pro- 
porcionémosle cortejo, recordando que aun pudo el confe- 
renciante abonar su tesis contraria á la originalidad del cris- 
tianismo con nombres que convinieran mejor á su objeto que 
el de Filón; siendo así que, respecto del pensador alejandri- 
no, nadie duda que permaneció Jesús en incomunicación ab- 
soluta, mientras que es sostenible la influencia de los Esenios, 
con su apartamiento de las observancias exteriores y su sen- 
tido semi-cristiano de la caridad; y muy sostenible la de mo- 
ralistas como Hillel, el rabino de las suaves sentencias, más 
verdadero precursor de Jesús que el tétrico y adusto Bautis- 
ta. — Pero ya se refieran los precedentes á la utopía social de 
los esenios, ya al judaismo helenizante de Filón, ya á las 
sentencias de la tradición oral recogida en las páginas de los 
libros talmúdicos, es indudable que en los últimos tiempos de 
la antigua Ley cabe encontrar, antes ó fuera de la palabra 
de Jesús, muchos de los elementos en que pueda concretarse 
la diferencia literal de la ley nueva, respecto de la antigua. 

¿Qué dificultad hemos de oponer para reconocerlo quienes 
no vemos en la obra del fundador del cristianismo cosa di- 
vina, materia de revelación, sino obra de genio y monumento 
de grandeza humana? — Demuéstrese triunfalmente todo ello;, 
ordénense, en dos columnas paralelas, el Nuevo Testamento 
por un lado, por el otro extractos del antiguo, de los trata- 
os de Filón, y del «Talmud»; señálense las relaciones, las 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 3$ 

semejanzas, las coincidencias... y después de esto la origi- 
nalidad de Jesús quedará siendo tan alta que jamás obra hu- 
mana merecerá á más justo título que su obra el nombre de 
creación. 

Lo que queda dicho al precisar las condiciones que deter- 
minan la calidad histórica de los iniciadores y reformadores,, 
define suficientemente el sentido de esa afirmación; que no 
será paradojal más que para los que se alleguen á estas 
cuestiones con la estrechez del criterio legista, apegado á la 
ruindad de la letra, incapaz de la mirada que desencarna el 
alma de los acontecimientos y las cosas. 

El genio es esencialmente la originalidad que triunfa sobre 
el medio; pero esta originalidad en que consiste el elemento 
específico del genio, no significa la procedencia extratelúrica 
del aereolito; no excluye, como lo entendería una interpreta- 
ción superficial, la posibilidad de rastrear, dentro del mismo 
medio, los elementos de que, consciente ó inconscientemente, 
se ha valido; los precedentes que de cerca ó de lejos le han 
preparado; el cultivo que ha hecho posible la floración ma- 
ravillosa. Lo que sobrepuja en el genio todo precedente, lo 
que se resiste en el genio á todo examen, lo que desafía en 
el genio toda explicación, es la fuerza de síntesis que, re- 
uniendo y compenetrando por un golpe intuitivo esos ele- 
mentos preexistentes, infunde al conjunto vida y sentido ines- 
perados, y obtiene de ello una unidad ideal, una creación 
absolutamente única, que perseverará en el patrimonio de los 
siglos; como la síntesis química obtiene de la combinación de 
los elementos que reúne, un cuerpo con propiedades y vir- 
tudes peculiares, un cuerpo que no podría definirse por la 
acumulación de los caracteres de sus componentes. 

Así, en el arte, como en la ciencia, como en la creación 
moral. — Todo Shakespeare puede ser reconstruido con auto- 
res que le precedieron, para quien sólo atienda á los argu- 
mentos de sus obras; y en cuanto á la originalidad literal, 
dos mil entre seis mil versos suyos son remedos ó reminis- 



}6 JOSÉ ENRIQUE RODÓ* 



cencías; pero no es sino Shakespeare quien, con ese mate- 
rial ya empleado, impone á la admiración eterna de los hom- 
bres Romeo y Julieta, Hámlet, Mácbeth, Ótelo. 

Y hemos de ver más adelante que cuando se trata de la 
iniciativa de revoluciones morales, las ideas — en cuanto este 
nombre designa la simple noción intelectual — son, no menos 
que en el arte, elemento secundario, y la personalidad vivien- 
te del reformador, la personalidad que siente y obra, es 
casi todo. Las ideas que el análisis puede disociar en la 
doctrina de Jesús se hallaban en la ley mosaica, en los 
Profetas, en el «Eclesiástico», en Hillel, en Antígono de 
Soco, en Filón, en el Bautista; pero sólo Jesús, sólo su 
fuerza sublime de personalidad, obtiene de esos elementos 
flotantes, dispersos ó inactivas, esta síntesis soberana: la mo- 
ral y la religión de veinte siglos, el porvenir del mundo, la 
regeneración de la humanidad. 

Toda argucia fracasa ante la sencillez formidable de este 
hecho: cualquiera otro nombre á que quisiera vincularse la 
gloria de la caridad, entre los que hemos citado, sólo tendrá 
tras sí ó el olvido ó una fama sin calor ni trascendencia ac- 
tiva en la realidad de lo presente; y el nombre de Jesús es, 
y seguirá siendo durante un porvenir cuyo límite no se co- 
lumbra, el núcleo del proselitismo mis fervoroso, más ex- 
pansivo y mis avasallador de que haya ejemplo en la memo- 
ria de los hombres. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO ]J 

IV 

Los orígenes históricos de la caridad 



(Conclusión^ 



Empezaremos hoy agradeciendo al doctor Díaz que nos 
proporcione ocasión de respirar por una hora el aire que 
circula entre los mármoles del Acrópolis y sacude las ramas 
de los olivos de Minerva. Siempre es grata esta peregrinación 
á que nos invita. De aquella parte vino lo más noble de 
nuestro patrimonio intelectual: ciencia, arte, investigación me- 
tódica, sentido de lo bello.— ¿Vino también de allí un ideal de 
amor caritativo que, excediendo de la extensión de la ciudad- 
y de la raza, y trascendiendo de la esfera del pensamiento- 
abstracto al sentimiento y á la acción, volviese vana la ense- 
ñanza del Redentor del mundo? 

Examinemos la nueva provisión de citas de nuestro esti- 
mable replicante. — Procede descartar, desde luego, la que se 
refiere (de modo general y sin abonarse concretamente la 
oportunidad de la cita) á las sentencias que en las epopeyas- 
de Homero y los poemas de Hesiodo reflejan las ideas de 
conducta que gobernaban el espíritu de aquellas sociedades 
en tiempos primitivos y semi bárbaros, caracterizando un sen- 
tido moral que fuera absurdo parangonar con el que orienta 
la marcha de nuestra civilización, (i) La moral de Pitágoras, 

(i) El espíritu de la moral anterior á la filosofía, puede concretarse 
de esta manera: «El bien para el amigo; el mal para el enemigo». 
La venganza era el placer de ¡os dioses. Esta noción espuria de justicia» 



38 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



si señala un nivel más alto, no pasa de especulación filosó- 
fica á ley de conducta, sino en la forma de organización 
clausurada y conventual, necesariamente efímera en un pue- 
blo á cuyas más íntimas condiciones repugnaba y que pronto 
prefirió volverse á atender, del lado de los sofistas, el juego 
vano, pero alegre y audaz, de las ironías dialécticas. — Más 
sentido y substancia hay, sin duda, en el recuerdo de Só- 
crates, por quien un ideal superior al recibido de la tradición 
aparece a! aire libre de la propaganda. 

Nadie puede negarse á reconocer en la esencia de la doc- 
trina de Sócrates elementos comunes con los que imprimieron 
carácter á la revolución moral del cristianismo. — Sánete So- 
crate, ora pro nobis, rezaba el viejo Erasmo. — Emancipando la 
moral de la tradición y la costumbre, para fundarla sobre la 
íntima potestad de la conciencia, Sócrates anticipaba en cier- 
to modo la reivindicación cristiana de «el espíritu y la ver- 
dad», antepuestos á la autoridad tradicional de la ley. Opo- 
niendo al egoísmo receloso de la ciudad antigua, aquel vislum- 
bre de sentimiento humanitario que inspira las palabras que 
nos ha trasmitido Cicerón: «No soy de Atenas: soy del mun- 
do», anunciaba el sentido de cosmopolitismo con que los 
estoicos prepararían el escenario del imperio romano á la 
propaganda de !a idea cristiana. Sellando su amor de la ver- 
dad con la resolución del sacrificio, daba el ejemplo del tes- 
timonio sublime de los mártires, de que el cristianismo reci- 
biría su prestigio y su fuerza. 



suele reaparecer, aún en la plenitud de la cultura griega, en los filó- 
sofos y en los poetas. Véase, por ejemplo, en Esquilo, la contestación 
de Prometeo al coro que le exhorta á cejar: Prometeo encadenado, 
verso 970. Si la caridad tiene, desde los primeros tiempos de Grecia, 
un lejano anuncio en las costumbres, éste es la hospitalidad: el agasajo 
del caminante y el extranjero, hecho en obsequio de Júpiter Hospitala- 
rio, con el candor patriarcal cuya poesía embalsama la encantadora 
fábula de «Filemón y Baucis», reproducida por Ovidio: Metamorfosis, 
Libro VIII. 



L/IBERALISMO Y JACOBINISMO J9 



Pero si injusto sería desconocer la gloria de estos preceden- 
tes, aun más injusto sería exaltarla hasta el punto de anular 
por ella la originalidad de Jesús. Desde luego— y esto basta- 
ría á nuestro propósito — lo que entendemos por caridad no 
tiene marco que ocupar en la doctrina socrática. El sentido 
cristiano de la caridad es el bien practicado sin condiciones: 
aun á cambio del mal recibido, y aun con la presunción de 
la ingratitud del mal. Y la moral de Sócrates nunca pasó de 
la noción de justicia que se define activamente por la retri- 
bución del bien con el bien, y que frente al mal sólo prescri- 
be la actitud negativa de no retribuirlo con el mal. No es, 
en lo que tiene de activo, más que la relación armoniosa 
que el maravilloso instinto plástico de la fábula griega había 
personificado en las tres Gracias: la que concede el beneficio, 
la que lo recibe y la que lo devuelve. Las Gracias formaban 
un grupo inseparable y la tercera nunca quedó aparte de las 
otras. 

Esta consideración sería suficiente — insisto en ello — para 
eliminar la oportunidad de la cita; pero aun cuando se con- 
cediera que la enseñanza recogida por Jenofonte y por Pla- 
tón entrañase una moral tan alta como la que se propagó 
desde las márgenes del Genezareth, siempre quedaría subsis- 
tente la diferencia esencialísima que se refiere á la eficacia y 
la extensión de ambas iniciativas morales. Por más que Sócra- 
tes predicase en la plaza pública y hablara al pueblo en el 
lenguaje del pueblo, su reforma nacía destinada á no prevale- 
cer sino en las altas regiones del espíritu. Su ley moral partía 
de la eficiencia del conocimiento; de la necesidad de la sabidu- 
ría como inspiración de la conducta; y esta concepción aristo- 
crática, que limitaba forzosamente la virtud á un tesoro de 
almas escogidas, llevaba en sí misma la imposibilidad de popu- 
larizarse y unlversalizarse. — De Sócrates no hubiera podido 
surgir jamás, para la transformación del mundo, una pasión 
ferviente ni un proselitismo coaquistador. 

Instituyó sí una orientación filosófica perdurable, un funda- 



40 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



mentó racional y metódico que perseveró en las construccio- 
nes de la ciencia helénica; y que, en la relación de la moral, 
produjo ideas que, en Platón y sus discípulos, se elevan á me- 
nudo á una alta noción de la solidaridad humana y á conceptos- 
no distantes de la caridad; desenvolviendo esa teoría de amor 
que había de ser el más eficaz elemento que hallaría el cristia- 
nismo naciente para asimilarse y apropiarse la obra de la filo- 
sofía. Pero nunca esta moral trasciende del ambiente de la 
escuela y se levanta en llama capaz de inflamar y arrebatar 
las almas, determinando una revolución que modifique los mol- 
des de la realidad social y convierta sus principios en sentido 
común de los hombres. Nada era menos conciliable con la 
íntima serenidad del genio griego que el instinto de la propa- 
ganda moral apasionada y simpática, de donde nacen los 
grandes movimientos de reforma social ó religiosa. 

En el espíritu romano — tributario, como es bien sabido, 
del griego, en todo lo que no surgió de su ruda y soberbia es- 
pontaneidad, — el hecho histórico es que la caridad no tiene, 
antes del auge del estoicismo, precedentes más intensos ni 
extensos, en la teoría ni en la conducta, que los que cabe 
hallarle dentro de Grecia; á pesar de los conceptos pura- 
mente abstractos, sin fuerza de propaganda y realización, 
que — como el chantas generis humani ciceroniano — puedan entre- 
sacarse para demostrar la oportunidad con que nuestro re- 
plicante haya procedido en sus citas de Cicerón, Horacio y 
Lucrecio. Y dejemos de lado la extravagancia de incluir al 
liviano y gracioso espíritu de Horacio, sólo porque haya ha- 
blado alguna vez de austeridad y de virtud, entre los edu- 
cadores y propagandistas morales; que es como si á alguien 
se le ocurriera retratar á Lord Byron con el uniforme del 
«Ejército de Salvación»... 

Llegan las vísperas de la regeneración del mundo. La filo- 
sofía clásica parece aspirar, en aquella espectativa incons- 
ciente, á un sentido más activo y revolucionario, que la con- 
vierta en fuerza de sociabilidad y en inspiración de la vo- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 41 

hintad individual; y sobre el desborde de todas las abyec- 
ciones y todas las concupiscencias, se propaga la moral á 
que el conferenciante alude con los nombres de Epicteto, Séne- 
ca y Lucano: se propaga la moral del estoicismo, por quien la 
escuela adquiere ciertos visos de religión; por quien el conven- 
cimiento asume ciertos caracteres de te; por quien la razón teó- 
rica tiende á infundirse y encarnarse en la eficiente realidad de 
la vida. — El estoicismo trajo como fermento de su moral la idea 
más alta que se hubiera profesado nunca, de la igualdad de los 
hombres: lo mismo en la relación del ciudadano al extranje- 
ro que en la del señor al esclavo: preconizó la dignidad del 
dolor; exaltó la aprobación de la conciencia sobre los hala- 
gos del mundo; y produjo su magnífica flor de grandeza hu- 
mana en el alma perfecta de Marco Aurelio. — ¿Con qué 
conquista positiva, con qué adelanto tangible en la práctica 
de la benevolencia y la beneficencia, contribuyó, entretanto, 
el estoicismo al advenimiento de la caridad?... Tal vez con 
algún alivio en la suerte del esclavo cuando el señor era 
estoico; tal vez con algún influjo en las modificaciones de la 
legislación para mitigar las diferencias sociales; pero ningún 
resultado práctico nació del estoicismo que, ni remotamente,, 
se hallara en proporción con la teoría ni prometiese en él 
la aptitud de realizarla por sus fuerzas. — Faltaban á aquella 
última y suprema fórmula de la moral pagana el jugo de 
amor y la energía comunicativa; y su virtud apática, su deber 
de abstención y resistencia, capaces de suscitar dechados de 
austeridad individual, pero ineptos para remover el fondo de 
la conciencia común y arrancar de ella el ímpetu de una re-r 
forma, permanecían con la inmovilidad del mármol ante el 
espectáculo de aquel orden moral que se disolvía y de aquel 
mundo que se desmoronaba. Después, como antes, de los 
estoicos, el pueblo no tuvo norma que seguir del lado de la- 
filosofía: en el espíritu del pueblo la filosofía había destruido 
y no había edificado, y la corrosión del escepticismo, que 
apresuraba la fuga de los dioses, no se reparaba con nin- 



42 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



guna afirmación que viniese á llenar el vacío de las concien- 
cias sin gobierno y á retemplar la fibra enervada de los co- 
razones. 

Esto es todo cuanto el mundo clásico ofrece como prece- 
dentes del sentimiento cristiano de la caridad.— La domina- 
ción espiritual de Grecia dio á la unidad romana el resplan- 
dor de las ideas, la selección de las costumbres, el timón 
del criterio, la aguja magnética del gusto; pero no le dio la 
regeneración moral. Encarézcanse en buenhora los elementos 
con que el espíritu de Grecia contribuyó á desenvolver y 
dejar constituido en organismo cabal y poderoso el germen 
de la idea cristiana, desde que este germen tomó vuelo hacia 
Occidente. Vayase aún más allá, y señálese en la excitación 
que concurrió á fomentarlo y madurarlo dentro de su propio 
terruño, la parte que quepa atribuir á las influencias heléni- 
cas que hubieren alcanzado á penetrar en el ambiente de Ju- 
dea por medio de los prosélitos paganos y, si se quiere, de 
la misma escuela helenizante de Egipto. Todo lo que se diga 
no alterará la verdad de que la célula central, el germen 
precioso, donde está la fuerza de vida sin cuya virtud la más 
pingüe tierra nunca dará de sí un tallo de hierba, vino de 
otra parte y no tenía en el espíritu de la civilización greco- 
romana, cosa capaz de sustituirlo. 

No he de ser yo quien propenda á amenguar la autoridad 
con que Grecia preside en lo más bello y más sólido de 
nuestro pensamiento. Aquel pueblo único produjo para la hu- 
manidad su obra cien veces gloriosa; y ella dura y durará 
por los siglos de los siglos. Sin la persistencia de esta obra, 
el cristianismo sería nn veneno que consumiría hasta el úl- 
timo vestigio de civilización. Las esencias más salutíferas, 
los específicos más nobles, son terribles venenos, tomados 
sin medida ni atenuante. Es una gota de ellos lo que salva; 
pero no por ser una gota deja de ser la parte esencial en 
la preparación con que se les administra. Lo que en la re- 
doma del farmacéutico da el olor aromático, el color, la efi- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 45 

cacia medicinal, la virtud tónica, es á menudo una gota di- 
luida en muchas partes de agua. El agua fresca y preciosí- 
sima, el agua pura de la verdad y la naturaleza, es lo que 
Grecia ha suministrado al espíritu de nuestra civilización. — 
Agradezcamos esta agua; pero no desconozcamos por eso la 
gota de quintaesencia que la embalsama, y le da virtud de 
curar, y la guarda de que se corrompa. 

Ambos principios han llegado á conciliarse, más ó menos 
armoniosamente en la complexidad de nuestro espíritu, en 
nuestro sentimiento de la vida; pero, en cuanto á su origen, 
ni pudieron brotar juntos, ni era dable que se lograsen sino 
á condición de crecer en medios diferentes, adecuados á las 
respectivas leyes de su desarrollo. La obra de Grecia, no 
sólo no arraigó en la conciencia humana el sentimiento de la 
caridad, sino que implícitamente lo excluía. Cada civilización, 
cada raza considerada como factor histórico, son un orga- 
nismo cuyas fuerzas convergen necesariamente á un resultado 
. que, por naturaleza, excluye la posibilidad de otros bienes y 
excelencias que aquellos que están virtualmente contenidos 
en el principio de su desenvolvimiento. No se corona el ro- 
sal con las pomas del manzano; no tiene el ave de presa el 
instinto de la voz melodiosa; ni á las razas que recibieron el 
don del sentimiento estético y la invención artística, fué con- 
cedida la exaltación propagadora en materia de moral y de 
fe. La obra de Grecia era el cultivo de la perfección plás- 
tica y serena: la formación de la criatura humana noble, 
fuerte, armoniosa, rica de facultades y potencias para expan- 
dirse, con la alegría de vivir, en el ambiente luminoso del 
mundo; y en la prosecución de esta obra, el débil quedaba ol- 
vidado, el triste quedaba excluido, la caridad no tenía sen- 
tido atendible ni parte que desempeñar. Donde la libertad, 
no acompañada por un vivo sentimiento de la solidaridad 
humana, es la norma suprema, el egoísmo será siempre la 
sombra inevitable del cuadro. La compasión, nunca muy 
tierna ni abnegada, ni aún entre los vinculados, por los la- 



44 JOSÉ ENRIQJJE RODÓ 



zos de la ciudadanía, tocaba su límite en la sombra donde 
habitaban el esclavo y el bárbaro. 

Un día, se presentó en el Areópago de Atenas, un judío 
desgarbado y humilde, que hablaba, con palabras balbucien- 
tes, de un dios desconocido, de una ley ignorada, de una era 
nueva... Su argumentar inhábil hizo sonreír á los filósofos 
y los retores, iniciados en los secretos de la diosa que co- 
munica los dones de la razón serena y de la irresistible per- 
suasión. El extranjero pasó; ellos quedaron junto á sus már- 
moles sagrados, y nadie hubiera podido hacerles comprender 
entonces por qué, con la dirección moral de su sabiduría, el 
mundo se había rendido á la parálisis que le mantenía aga- 
rrotado bajo la planta de los Césares, y por qué Pablo de 
Tarsos, el judío de la dialéctica torcida y la palabra torpe,, 
llevaba consigo el secreto de la regeneración del mundo. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 4$ 



La personalidad en los reformadores morales 



Hemos examinado, una por una, las pruebas históricas 
que se nos oponían, y hemos demostrado la inoportunidad 
de todas ellas: ya por referirse á influencias que no alcanzan 
al ambiente de nuestra civilización, ya por aludir á sistemas 
morales inferiores á la idea cristiana del deber ó que carecie- 
ron de aptitud de proselitismo y realización. Todo cuanto 
puede concederse es que preexistiera, en las fórmulas de 
la moral pagana, el concepto intelectual de la caridad, de ma- 
nera más ó menos aproximada á la extensión humanitaria y 
á la categoría moral de deber imperativo, que dio á aquel 
concepto la doctrina cristiana. — Y ahora: ¿por qué los que, 
dentro del paganismo, ó dentro de las tendencias más ó me- 
nos divergentes de la sinagoga, llegaron intelectualmente al 
principio del amor caritativo, no dejaron tras sí más que in- 
diferencia ó ecos vanos y estériles, y sólo Jesús produjo la 
revolución moral que le da derecho imprescriptible á la pose- 
sión y á la gloria del principio? 

Porque una cosa es formular ideas y otra muy distinta su- 
gerir y propagar sentimientos. 

Porque una cosa es exponer la verdad, y otra muy distinta 
entrañarla en la conciencia de los hombres de modo que 
tome forma real y activa. 

Lo primero es suficiente en los descubrimientos é inven- 
ciones de la ciencia; lo segundo es lo difícil y precioso y lo 
que determina la calidad de fundador, en los dominios de la 
invención moral. 

Las revoluciones morales no son obra de cultura sino de 



46 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



educación humana; no se satisfacen con revelar una idea y 
propagarla, sino que tienen como condición esencialísima sus- 
citar un entusiasmo, una pasión, una fe, que cundiendo en 
el contagio psíquico de la simpatía, y manteniéndose triun- 
fdlmente en el tiempo, concluya por fijarse y consolidarse en 
hábitos, y renueve así la fisonomía moral de las genera- 
ciones. 

El mecanismo de la psicología colectiva no es diferente del 
de la psicología individual; y en la una como en la otra, para 
que la idea modifique el complexo viviente de la personalidad 
y se haga carne en la acción, ha menester trascender al sen- 
timiento, infalible resorte de la voluntad: sin cuyo calor y cuya 
fuerza la idea quedará aislada é inactiva en la mente, por 
muy claro que se haya percibido su verdad y por muy hondo 
que se haya penetrado en su lógica. 

Los grandes reformadores morales son creadores de senti- 
mientos, y no divulgadores de ¡deas. 

La moral de Séneca el estoico se levanta casi tan -alto 
como la del Evangelio; pero Séneca no sólo dejó inmóvil é 
indiferente el ánimo de sus contemporáneos, sino que su mo- 
ral, falta del calor que se une á la luz intelectual de la con- 
vicción para refundir el carácter, no impidió que la conducta 
del propio Séneca siguiese el declive del egoísmo abyecto de 
su tiempo. — Era la suya «moral muerta», como diría Ribot. 

¿Cuál es, entonces, la condición necesaria para inflamar 
este fuego del sentimiento, con que se forjan las revolucio- 
nes morales? — Ante todo, que el reformador empiece por 
transformar en sí mismo la ¡dea en sentimiento: que se apa- 
sione y exalte por su idea, con la pasión que arrostra las 
persecuciones y el martirio; y además, que demuestre la cons- 
tancia de este amor por medio de sus actos, haciendo de su 
vida la imagen animada, el arquetipo viviente, de su 
palabra y su doctrina. E¡ verdadero inventor de una ¡dea en 
el mundo moral es, pues, el que primero la transforma en 
sentimiento propio y la realiza en su conducta. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 47 

Pero aun no son suficientes esas dos condiciones para que 
la iniciativa del apóstol alcance la virtualidad que la convierte 
en substancia de los hechos históricos: ya que puede el após- 
tol apasionarse por su idea, y rendirle la vida en holocausto, 
y haberla hecho carne en su conducta, y á pesar de ello na 
dejar en torno de su nombre masque silencio y soledad; sino 
que la palabra y los actos del reformador han de tener la 
virtud comunicativa, el irresistible poder de sugestión, el don 
simpático que solemos llamar prestigio y que hace que, dejan- 
do de ser aquellos actos una excepción individual, se difundan 
por la imitación y el ejemplo: de donde concluiremos definiti- 
vamente que el verdadero inventor de una idea, con relación 
al mundo moral, es el que la transforma en sentimiento, la 
realiza en conducta y la propaga en ejemplo. 

Considerada á esta luz, la personalidad del fundador del 
cristianismo asume, con preeminencia incontestable, la re- 
presentación del ideal moral que selló con su martirio. Es 
por él por quien la caridad desciende de la región de las ideas 
y se convierte en sentimiento universal y perdurable; es por 
él por quien inflama los corazones para traducirse persisten- 
temente en acción, y reserva un lugar, en el organismo de 
la ciudad, para el hospital, el asilo, el refugio de ancianos, 
la casa de huérfanos. Apreciando de esta manera la magni- 
tud de su obra, es como se tendrá la medida de su origina- 
lidad sublime. 

No fué otra la originalidad de Buda en su medio. Cuanto 
hay de teórico y doctrinario err su enseñanza preexistía, y 
era el fondo de los libros sankias y vedantas; pero por é! se 
transformó en sistema activo, en revolución social, en prose- 
litismo religioso. 

Concretaremos de manera más simple y breve lo que va ex- 
presado, si decimos que lo que importa en el origen de las 
revoluciones morales es, ante todo, la personalidad real y 
viva del reformador: su personalidad y no, abstractamente, su 
doctrina. 



48 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



El don de atraer las almas, que infundió la palabra de 
Jesús en el núcleo humilde de sus primeros adeptos, hasta el 
punto de darles, con esta vocación propagandista, la fuerza 
necesaria para resistir el peso de un imperio y una ciencia 
hostiles—como la burbuja de aire que, por su fuerza infinita 
de expansión, equilibra el peso de la columna atmosférica: 
•esta eficacia misteriosa y nunca igualada, no venía directamente 
de la doctrina del Maestro, sino, ante todo, de la maravi- 
llosa sugestión de su personalidad: de la impresión imborra- 
ble y fascinadora que dejó en el espíritu de su pobre co- 
horte: de la locura de amor que supo inflamar en torno suyo. 

Este era el talismán incontrastable que aquel grupo de 
hombres sin malicia llevaba consigo. — La personalidad del 
Maestro, viva en su memoria y en su corazón; la doctrina, 
propagada en alas de ese recuerdo fervoroso, de esa onda 
magnética de sugestión persistente: tal es el secreto de aquel 
triunfo único en lo humano: de esta manera fué regenerado 
el mundo. 

No tendrá clara idea de la psicología de las revoluciones 
morales el que no conceda todo el valor que deba atribuírsele 
á esie factor importantísimo de la personalidad. 

Sócrates mismo — con no haber sido un fundador moral en 
el sentido de Jesús ó de Buda — debió la mayor parte de su 
influencia real, no tanto á la profesión de una doctrina de- 
terminada y concreta — puesto que fué mucho más lo que su- 
girió que lo que significó y concretó — cuanto á la atracción 
que supo ejercer en torno suyo, 2 la persistencia que acertó 
á infundir en la impresión causada en el ánimo de los que 
le rodeaban, por la sugestión de su palabra y el modelo de 
su vida. 

Hay, dentro mismo del escenario de los orígenes cristianos, 
un interesante ejemplo de lo que decimos. El influjo de la 
personalidad del fundador es hecho tan esencial, que un 
.hombre del genio y la asimilación intuitiva de San Pablo, 
¿nunca logró compensar del todo la inferioridad en que que- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 49 

<ló, en muchos respectos, para con los candorosos discípu- 
los de Galilea, con no haber vivido como ellos en compañía 
del Maestro; con no haber presenciado por sus propios ojos 
las escenas de la Pasión; con no haber escuchado por sus 
propios oídos el Sermón de la Montaña... Bien se echa 
de ver en San Pablo, á pesar de toda su grandeza, que no 
estuvo nunca al lado de Jesús. 

Y este valor de la personalidad de los reformadores, in- 
dependientemente de lo que hay de concreto en su doctrina, 
adquiere singular oportunidad é importancia cuando se trata 
de evitar el riesgo de juzgarles con lamentable insuficiencia 
y estrechez, al apreciar los quilates de su originalidad y la 
eficacia de su influjo. 

La personalidad del genio es un elemento irreductible y 
necesario en la misteriosa alquimia de la historia. — Hay algo 
de inexacto, pero hay mucho de verdadero, en la teoría de 
los héroes de Carlyle. — La fatalidad de las fuerzas naturales; 
la acumulación de las pequeñas causas; la obra obscura de 
los trabajadores anónimos; la acción inconsciente de los ins- 
tintos colectivos, no excluyen el dinamismo peculiar de la 
personalidad genial, como factor insustituible en ciertos mo- 
mentos y para ciertos impulsos; factor que puede ser traído, 
si se quiere, por la corriente de los otros; fuerza que puede 
no ser sino una manifestación ó concreción superior de aque- 
llas mismas fuerzas, tomando conciencia de' sí, acelerando su 
ritmo y concentrando su energía; pero que, de cualquier 
modo que se la interprete, responde á una necesidad siem- 
pre renovada y tiene significado sustantivo. Ci) 



d) Nadie que siga con algún interés el desenvolvimiento de la filo- 
sofía de la historia, desconoce que el problema del valor relativo de 
la conciencia genial y de la acción inconsciente de la masa, es uno 
de los que con más animación y persistencia se han discutido y discu- 
ten. El influjo de Nictzche, la nueva propagación de las doctrinas de 
Carlyle yde Emerson, y otras influencias, han determinado en los últi- 



50 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



No se explican los impulsos enérgicos de innovación que 
responden á una norma ideal orgánica, sin la conciencia de 
un grande hombre; no se explica el origen de la caridad cris- 
tiana sin el corazón y la voluntad de un Jesús. Por eso, los 
que se empeñan en desconocer la realidad histórica de esta 
sublime figura, los que niegan la existencia personal de Je- 
sús, no reparan en que su tesis, huyendo de aceptar lo que 
llaman el milagro de una personalidad tan grande, incide en 
la suposición de un milagro mayor: el de una obra tan grande 
realizada por personalidades relativamente tan pequeñas como 
las que quedan en el medio desde el cual se propaga el cris- 
tianismo, si se elimina la personalidad del fundador, (i) 



mos tiempos una reacción contraria á la excesiva importancia que se 
concedió á la acción de la muchedumbre, y favorable al papel históri- 
co del genio. Pero lo que importa hacer notar sobre todo, es que nin- 
guna tesis autorizada y duradera llegó nunca á la afirmación de uno 
solo de ambos factores y á la negación del otro; sino que todas ellas 
aceptan, aunque en diversa proporción y según diferentes relaciones, 
la necesidad complementaria de ambos. Véase, por ejemplo, como el 
individualismo histórico de Hegel, no sólo no significa negar el valor 
de la obra común, sino que implícitamente lo afirma, hasta el punto 
de que, según se considere su tesis, ya lleva á la deificación de los 
hombres providenciales, ya conduce á la idea de la pasividad del gran- 
de hombre, convertido en dócil instrumento que no hace sino conti- 
nuar y terminar la obra de todos, y esto mismo sólo porque el azar le 
coloca en el punto y hora en que ella ha de terminarse. (Hegel, Filosofía 
del derecho, Prefacio). Y para ejemplo de la posición contraria, nótese 
cómo Le Bon, sostenedor de la preponderante eficacia de las multitu- 
des, encarece la necesidad de la dirección individual que las polarice 
y oriente. (Le Bon. Psicología de las muchedumbres, Lib. II. Cap. III). 
(i) Esta referencia á la tesis que niega la existencia personal de 
Jesús es oportuna, porque, á lo que parece, ella ha ganado algún auge 
en nuestro ambiente, á favor de la divulgación de cierto libro escrito 
en italiano por el señor Emilio Bossi y traducido á nuestro idioma en 
un volumen de la «Biblioteca contemporánea» de Granada y Ponzini- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO $ I 

Excluyanse — si se quiere, — por legendarias ó dudosas, de 
la vida de Jesús, toda determinación biográfica, toda circuns- 
tancia concreta: e) nacimiento en Betlem ó en Nazaret, la 
visita al Bautista, el grupo de pescadores, la crucifixión en eí 



bbio: libro que está en todas las manos y explota la común afición 
hacia los ruidos que se tiene por nuevos, aunque se hallen muy lejos 
de serlo; libro iliterario por la forma y vulgarísimo en el fondo, don- 
de la conocida tesis de Ga nneval,— y hasta cierto punto, de Havet, — 
se rebaja á la entonación de esa propaganda efectista y batallona que 
es en sí misma un prejuicio inconciliable con la indagación histórica de 
la verdad. 

Esa obra, profanación de fuentes muy dignas á menudo de estudio y. 
de respeto, no merecería la menor atención si no entrañase el género 
de importancia común á todos estos libros escritos ad caplandum vul- 
gus, que llevan en su propia inferioridad la condición triunfal de su di- 
fusión y su influencia. El autor empieza por declarar ingenuamen- 
te en su prólogo que él no entiende mucho de estas cosas. . . á pesar 
de lo cual invade y resuelve, con admirable intrepidez, las más altas 
y delicadas cuestiones de historia, exégesis y mitología. Fundándose 
principalmente en el Origen de los cultos, de Dupuis, dedica el señor Bos- 
si la tercera parte de su libro á asimilar la idea de Jesús con los mitos 
del paganismo y las religiones orientales. Allí se saca filo al fecundí- 
simo argumento basado en las analogías de nombres tXristos y Xres- 
ios — Cristo y Cristna—Je^-eus y Jesús). Allí se desarrolla, en sugesti- 
vos paralelos, la identidad palmaria y decisiva de los más salientes 
rasgos atribuidos á la personalidad y la vida de Jesús con los más sa- 
lientes rasgos de la historia ó la leyenda de Buda, y de las leyendas de 
Mitra, de Serapis, de Dionisos, de Adonis. . . No entra en la oportu- 
nidad ni en los límites de esta alusión incidental, el comentario — cier- 
tamente, tentador, — de tan altos portentos de mitología comparada. 
Sabido es, por otra parte, que este sufrido tema de los paralelos cons- 
tituye, por excelencia, el burgo libre de la fantasía en los dominios de 
la especulación histórica. Recordamos haber leído, hace tiempo, una- 
curiosa página, muy espiritualmente urdida, donde, sin ánimo de con- 
vencerá nadie, y sí sólo por alarde de ingenio, se demostraba la tesis de 
la irrealidad legendaria de Napoleón, convertido en una palingenesia 



$2 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



Calvario. . . y siempre quedará subsistente la necesidad psi- 
cológica de la existencia de la personalidad capaz de haber 
dado el impulso genial, la forma orgánica de los elementos 
que compusieron la doctrina, é inflamado el fuego del pro- 
selitismo. Y siempre subsistirá además la noción fundamental 
del carácter de esa per.>onalidad, testimoniado por la índole 



del mito griego de Apolo, coa su significado solar (como el que atri- 
buyen estos sutiles exégetas á Cristo), y con las hazañas heroicas del 
dios; desenvolviéndose el paralelo á favor de semejanzas y coinciden- 
cias que hubieran resultado verdaderamente impresionantes á tratarse 
de una personalidad algo remota y de historia no muy precisa; sin 
excusarse entre tales relaciones, las del oportuno cortejo de los nom- 
bres (Napoleón y Apollan). 

Mucha más seriedad implican los conocidos argumentos que se fun- 
dan en lo insuficiente y vago de las fuentes históricas de que dispone- 
mos, relativas á la persona de Jesús: sea por lo indirecto de las noti 
cias, sea por la autenticidad insegura; sea por la mezcla del elemento 
milagroso y sobrenatural; sea, en fin, por las discordancias de los cua- 
tro Evangelios. Pero ya se indica en el texto el limite á que alcanza 
esta argumentación v cómo ella no llegará nunca á destruir lo único 
que en definitiva importa: la infinita probabilidad de la existencia de 
un fundador personal, y la noción fundamental de su carácter, del mo- 
do como surge impuesta por el espíritu que infundió en quienes le si- 
guieron y heredaron. 

De la manera como está escrito el precioso libro del señor Bossi, 
dirá idea ia pintoresca acumulación de adjetivos con que se empe- 
nachi el siguiente fin de párrafo: «.. .el cristianismo intolerante, in- 
movilista, teocrático, iliberal, reaccionario, místico, ascético y visiona- 
rio!». Las inculpaciones contra la moral evangélica asumen rasgos có- 
micos en la página 124: «Se hace man'enerpor las mujeres de los de- 
más.). «Se rodea de gente hambrienta». «Manda á los apóstoles que 
no saluden á nadie •>. El señor Bossi termina su hbro con una invocación 
patética para que la humanidad, subyugada por la irresistible persua- 
sión de su palabra, se regocije de haberse librado de la pesadilla de 
creer en la existencia personal de Jesús, remora de todos sus adelantos 
y obstáculo de toJ is sus aspiraciones generosas . 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO $} 



de su obra, de su creación, de su ejemplo, tal como éste 
toma formas vivas en los actos de sus discípulos y en la mo- 
ral que prácticamente instituyeron. Aseguradas la existencia 
personal y la sublimidad del carácter, todo lo demás es se- 
cundario. Para la justicia de la glorificación, hay bastante con 
ello. La imagen que, con más ó menos probabilidades de 
exactitud plástica, recuerda esa existencia personal, lleva en 
sí títulos sobrados á perdurar en la veneración de la posteri- 
dad. Si no es efigie, es símbolo. Si no es retrato, es figu- 
ración legitimada por el amor de cien generaciones. 

Una vez más: las ideas, como agentes morales, sólo cobran 
eficacia en el caliente regazo del corazón y la voluntad huma- 
nos; y el corazón y la voluntad han de empezar por tomar 
formas personales en el carácter vivo de un hombre, de ur» 
apóstol, de un iniciador, para que, instituido con el modelo 
el ejemplo, se propague á la personalidad de los otros. 

Y esto nos lleva como de la mano á examinar lo que haya 
de substancia en ese aparatoso concepto de caridad científica, 
que caracteriza y expone nuestro replicante para coronar los 
argumentos históricos de su conferencia, y con el cual se 
pretende fundar la desvinculación entre la caridad que hoy 
se profesa y practica, y el legado inmortal del mártir del 
Calvario. 



54 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



VI 

El sofisma de la «caridad científica» 



Cualquiera que sea el fundamento que, según las distintas 
^concepciones morales, se reconozca para la idea de la cari- 
dad como deber humano, y ya se le dé por origen un dog- 
ma religioso, ya una ética espiritualista, ó un criterio de uti- 
litarismo, esa idea ha de pasar, de todos modos, á ser senti- 
miento y voluntad, si aspira á convertirse en realidad 
psicológica y social persistente. — Sentado esto, examinaremos 
si es posible rechazar, en nombre de determinada teoría del 
deber caritativo, la solidaridad con la obra de Jesús. 

No sería necesario un análisis prolijo para encontrar en la 
idea de la caridad que surge ai litteram de la enseñanza evan- 
gélica, mucho que rectificar, mucho que circunscribir, y por 
lo tanto, reales diferencias que la separan del concepto de 
aquella virtud á que se alude cuando se habla de una cari- 
dad que tiene por norma la utilidad común y lleva impreso 
el sello de la ciencia. — Como nacida de la exaltación inspi- 
rada y absoluta que es, por naturaleza de las cosas, el invo- 
lucro ígneo de todas las grandes ideas que nacen, — á la ma- 
nera del planeta envuelto en fuego antes de consolidar su 
corteza, — la ¡dea de la caridad surgió del espíritu de su autor 
ardiendo en llamas que excluían la posibilidad de toda consi- 
deración relativa. Su concepción del bienhacer era el sacrifi- 
cio de sí mismo sin límites ni diferencias. La pobreza no sólo 
aparecía á sus ojos como objeto de simpatía, y de piedad, 
sino como supremo objeto de deseo y como la única condi- 
ción conciliable con la práctica de la virtud. Quien no lo 
diera todo, no podía entrar en el número de los discípulos, 
ni en el reino de los cielos. En el mendigo se glorificaba la 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO <¡ J 

imagen viva de la santidad. La norma de organización social 
■era el comunismo ebionita, tal cual se realizó, con paradisíaco 
■encanto, pero tan efímeramente como todas las organizacio- 
nes comunistas, en la primera sociedad cristiana de Jeru- 
salén. 

¿Dejará por eso Jesús de ser el fundador humano de la 
caridad? ¿Dejará de pertenecerle la revelación del sentimiento, 
la iniciativa del ejemplo eficaz? ¿Se ha suscitado otro principio 
por ministerio de la ciencia? ¿Convergen las corrientes del 
mundo moral á otro polo? 

Sería necesario confundir lamentablemente los términos 
para atribuir ese carácter á las conquistas de la sabiduría. La 
ciencia no ha sustituido un principio á otro principio. La ca- 
ridad que se dispensa en nuestros hospitales no es otra que 
la que fué enseñada en la parábola de Lázaro el mendigo y 
en la del lisiado del camino de Jericó. El signo veinte veces 
secular permanece en lo alto. Lo que la ciencia ha hecho es 
depurar el concepto, encauzar el sentimiento, organizar la 
práctica, asegurar los resultados. Y así, en las sucesivas ma- 
nifestaciones de esta obra, encontrará la ciencia, para el ejer- 
cicio de la caridad, otros fundamentos y otras razones que 
los que sólo nacen de la igualdad traternal en el seno de un 
amoroso Padre; reivindicará contra la negación absoluta de la 
propia personalidad, el principio del libre y armonioso des- 
envolvimiento de todas nuestras facultades capaces de perfec- 
ción; completará la armonía de los afectos altruistas con el 
amor de sí mismo, que es el necesario antecedente de aque- 
llos afectos y su límite y copartícipe en el dominio de la 
obligación moral; demostrará que la caridad practicada sin 
discernimiento es una influencia desmoralizadora, y que el 
sacrificio inconsulto de los buenos no tendría más resultado 
que el triunfo y la supervivencia de los malos; enseñará á 
proporcionar la caridad á su objeto, establecerá para su prác- 
tica diferencias, limitaciones, prevenciones; y llegará, final- 
mente, á asegurar la fructuosidad del beneficio, lo proficuo de 



$6 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



la protección, la eficacia del remedio, con todos los recursos 
que el estudio paciente de la naturaleza pone á disposición 
de los maravillosos instrumentos de la inteligencia humana. 

Pero la piedra angular del edificio, el impulso, el estímulo 
de la obra, no han surgido de las investigaciones de la cien- 
cia, sino que estaban en el núcleo de nuestra civilización; y 
el origen inconcuso de este principio esencial de nuestra civi- 
lización es el sentimiento propagado y sostenido por el ejem- 
plo del Fundador en la vida de cien generaciones, en virtud 
de la fuerza moral de imitación que reproduce una creencia, 
un amor, un ideal de carácter, al través del espacio y el 
tiempo, como la imitación inorgánica propaga la torma de 
una onda en el movimiento ondulatorio y como la imitación 
biológica propaga un tipo individual en la reproducción de 
las especies. 

Y ese sentimiento es y será siempre lo fundamental, lo que 
impulsa á la obra, lo que determina la acción, lo que man- 
tiene vivo el fuego de la voluntad benéfica; por muchas que 
sean las modificaciones que el saber y la prudencia institu- 
yan en cuanto á la manera de dirigirlo y aplicarlo. 

Valgámonos de un ejemplo sugestivo. La experiencia y la 
ciencia de la política han depurado, en el siglo transcurrido 
desde la Revolución que es génesis de la sociedad moderna, 
el concepto de la democracia y la república; lo han adap- 
tado á una noción más justa del derecho, á un sentido más 
claro de las condiciones de la realidad; y nuestra idea de la 
una y de la otra es hoy muy distinta de la que profesaron 
y ensayaron los hombres del 89. Pero cuando queremos glo- 
rificar supremamente aquellas fórmulas de nuestra fe política, 
es á los hombres del 89 á quienes rememoramos y glorifica- 
mos, y son sus fechas históricas las que están umversalmente 
consagradas para el festejo de la libertad; porque, cualesquiera 
que sean las deformaciones con que las interpretaron, ellos 
dieron á tales fórmulas el magnetismo, la pasión, que las 
impuso al mundo: magnetismo y pasión sin los cuales no hu- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 57 



bieran pasado nunca de entidades abstractas; magnetismo y 
pasión que jamás hubieran dado de sí las especulaciones se- 
veras de los constitucionalistas, el cálculo habilidoso de los 
hombres de Estado, capaces de rectificar y corregir, de com- 
pletar la obra con toques prudentes y oportunos, pero inca- 
paces de encender, como el apóstol, como el mártir, como el 
héroe, el fuego que arrebata los corazones y las voluntades y 
renueva el mundo por misteriosa transfiguración. 

¿Acaso para que la gloria de una iniciativa persevere vin- 
culada á un nombre, á una personalidad, á un hecho histórico,, 
ha de ser necesario que la humanidad quede inmovilizada 
después de ellos, sin revisar su legado ni complementar su 
obra? 

En el arranque de las revoluciones morales no es un hom- 
bre de ciencia el que encontrará quien apele al testimonio de 
la historia; sino un hombre, ó una cooperación de hombres, de 
simpatía y voluntad. — No es un Erasmo, es un Lutero, el 
que realiza una Reforma. — Puede la ciencia anticipar la idea; 
pero ya queda dicho que si la idea, como quiere Fouillée, es 
una fuerza, lo debe sólo á sus concomitantes afectivos; y á su 
vez, si el sentimiento es el motor de las transformaciones mo- 
rales, lo debe sólo á su absoluta potestad sobre los resortes 
de la acción. 

Es de pésimo gusto esta invocación profética y solemne 
del nombre de la ciencia fuera de lugar y de tiempo: gé- 
nero de preocupación apenas tolerable en los coloquios famo- 
sos de la rebotica de Homais, con que Gustavo Flaubert le- 
vantó estas deformaciones caricaturescas de la ciencia en la 
picota de la sátira. 

Ha de darse á la ciencia lo que es de la ciencia, y á la 
voluntad inspirada lo que pertenece á las inspiraciones de la 
voluntad. 

E! hornillo de Fausto producirá maravillosos resultados 
mientras se atenga á su esfera peculiar y propia; pero no 
engendrará más que el humúnculus mezquino cuando trate de 
remedar la obra creadora de la Vida. 



$8 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



La confusión de tan conocidos límites se revela en su ple- 
nitud cuando indica el doctor Díaz la justicia de erigir junto al 
crucifijo, en caso de habérsele dejado subsistente, un retrato de 
Kant... ¿Qué he de pensar de esta idea novedosa? Sería 
una ridiculez pedantesca colgar la imagen de Kant de las 
paredes de los hospitales. Y en verdad que mal podía el ilus- 
trado autor de la conferencia haber escogido nombre más 
apropiado que el de Kant para poner precisamente de re^ 
Heve la inconsistencia de este género de contraposiciones, que 
se fundan en la identificación absurda de lo que no puede 
identificarse jamás: la obra del pensador con la obra del 
apóstol; la fórmula abstracta con la iniciativa creadora. Por- 
que Kant personifica, por excelencia, la moral abstraída de 
todo jugo y calor de sentimiento, vale decir: privada de todo 
dinamismo eficaz, de toda fuerza propia de realización; y en 
este sentido ofrece el medio de demostración más palpable 
que pueda apetecerse para patentizar la diferencia que va de 
la esfera de la ciencia pura á la esfera de la voluntad inspi- 
rada. 

El moralista de Koenisberg podría haber vivido tantos mi- 
les de años como los dioses de la mitología brahmánica y ha- 
ber razonado y enseñado otros tantos en su cátedra de filo- 
sofía, admirando, según sus célebres palabras, «el espectáculo 
dei cielo estrellado sobre su cabeza y el sentimiento del de- 
ber en el fondo de su corazón»; y podría haber hecho todo 
esto sin que su moral estoica conmoviese una sola fibra del 
corazón humano ni hiciera extenderse jamás una mano egoísta 
para un llamado de perdón ó para un acto de generosidad. 
En cambio, una palabra apasionada y un acto de ejemplo, de 
Jesús ó de Buda, de Francisco de Asís ó de Lutero, de Ma- 
homa ó de Bab, es una sugestión que convierte en dóciles 
sonámbulos á los hombres y los pueblos. — «Aquel que ame á 
su padre ó á su madre más que á mí, no venga conmigo»: 
sólo el que tiene fuerzas para decir esto é imponerlo, es el 
que funda, es el que crea, es el que clava su garra de dia- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO £9 

•mante en la roca viva de la naturaleza humana.— ¿Cuándo 
adquiriría derecho el retrato de Kant para figurar, frente á la 
imagen de Jesús, en las salas de las casas de caridad? Cuan- 
do la moral de Kant hubiera desatado, como la de Jesús, to- 
rrentes de amor, de entusiasmo y de heroísmo; cuando hu- 
biera impulsado la voluntad de sus apóstoles á difundirse para 
la conquista del mundo, y la voluntad de sus mártires á mo- 
rir en la arena del Coliseo; cuando hubiera levantado las pie- 
dras para edificar hospicios y los corazones para el eterno 
Mirsum corda de una fe. 

El ejemplo puede encontrarse sin salir de junto al funda- 
dor del cristianismo. Ese Filón cuyo nombre citaba el doctor 
Díaz entre los de los precursores de la caridad cristiana, era 
lo que Jesús no fué nunca: hombre de ciencia, hombre de 
sabiduría reflexiva y metódica. Ajustó la tradición hebraica á 
los moldes del raciocinio griego, y su espíritu condensaba el 
ambiente de aquella Alejandría donde el saber occidental y el 
oriental juntaron en un foco sus luces. Y por obra de Filón, 
la ciencia planteó simultáneamente con las prédicas de Galilea 
su tentativa de legislación moral, para llegar á resultados teó- 
ricamente semejantes. ¿Cuál de ambas prevaleció; cuál de 
ambas dio fruto que aplacase el hambre de fe y esperanza, 
del mundo?— El nombre de Filón sólo existe para la erudi- 
ción histórica, y Jesús gobierna, después de veinte siglos, 
millones de conciencias humanas. 

Nada hay, por otra parte, en las conclusiones de la mo- 
derna indagación científica, que, ni aún teóricamente, menos- 
cabe la persistencia de la obra de Jesús. Si alguna relación 
debe establecerse entre los resultados de la ciencia en sus 
aplicaciones morales y sociales, y los principios de la ley 
cristiana, no es ciertamente la de que los unos anulen ó sus- 
tituyan á los otros; sino, por el contrario, la relación, glorio- 
sísima para el fundamento histórico de nuestra civilización, de 
que, buscando la ciencia una norma para la conducta indivi- 
dual y una base para la sociedad de los hombres, no haya 



60 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



arribado á conclusiones diferentes de las que estaban consa- 
gradas en la profesión de fe con que se orientó la marcha de 
la humanidad en el más brusco de los recodos de su senda. 
Llámese al lazo social fraternidad, igualdad ó solidaridad; 
llámese al principio de desinterés caridad, filantropía ó al- 
truismo, la misma ley de amor se impone confirmando como 
elementos esenciales de la sociabilidad humana, como substra- 
tum de todas las legislaciones durables, los viejos principios 
con que se ilumina en la infancia el despertar de nuestras 
conciencias:— «Amaos los unos á los otros». «No hagas á 
otro lo que no quieras que te hagan á tí». «Perdona y se te 
perdonará». «A Dios lo que es de Dios y al César lo que es 
del César». La ley moral adoptada en el punto de partida por 
iluminación del entusiasmo y de la fe, reaparece al final de la 
jornada, como la tierra firme en que se realizase la ilusión 
del miraje. . .—¿Quién no se arroba ante estas supremas ar- 
monías de las cosas que parecen más lejanas y discordes? Hay 
en la inspiración moral, como en la alta invención poética, 
un género de potencia adivinatoria; y lo característico, en uno 
como en otro caso, es anticipar por la síntesis alada de la in- 
tuición, lo que se recompondrá, tras largos y ordenados es- 
fuerzos, con los datos menudos del análisis. — Aun los extre- 
mos, aun los desbordes del sentimiento de la caridad, tal co- 
mo su excelso autor quiso generalizarlo, y que constituirían 
un ideal de vida inconciliable con las condiciones de la socie- 
dad actual, pueden considerarse como el sublime anticipo de 
un estado de alma cuya posibilidad vislumbran en la sociedad 
de un porvenir muy remoto, las conjeturas de la ciencia; cuan- 
do la evolución de los sentimientos humanos y la reducción- 
correlativa del campo del dolor y de necesidad en que quepa 
hacer bien á los otros, deje en los corazones un exceso libre 
de simpatía, determinándose así una emulación de desinterés y 
sacrificio que sustituya á la competencia, todavía brutal, de la 
ambición y el egoísmo, (i) 



(i) Véase Spencer, Fundamentos de la moral, Cap. XIV. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 6 1 

No existe, pues, una caridad traída por revelación de la 
ciencia, que pueda oponerse, como entidad autónoma y subs- 
tancialmente distinta, á la que hemos recibido de los brazos 
maternos de la tradición. La caridad es una sola; la caridad, 
como sentimiento, como voluntad, como hábito, como fuerza 
activa: la que levanta asilos y recoge limosnas y vela junto al 
lecho del dolor, no es sino una; y el fundador de esta caridad 
«n la civilización que ha prevalecido en el mundo, es Jesús 
de Nazareth; y la conciencia humana lo reconocerá y lo pro- 
clamará por los siglos de los siglos. 

S 



bl JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



VII 
El Signo 



Pero aun dejando por encima la significación histórica del 
fundador del cristianismo, y aun cuando quede demostrado lo 
indisoluble del lazo que le une á la idea de la caridad, la 
argumentación que se nos opone encuentra todavía punto en 
que estribar, para desconocer el respeto que se debe á su 
imagen. El crucifijo, se arguye, no es Jesús. El crucifijo 
tiene su significado propio, independiente del mártir ñ quien 
en él se representa; y es en ese concepto en el que se le 
repudia y proscribe. 

Negamos, desde luego, que cualquier otro simbolismo que 
quepa atribuir al crucifijo, pueda prevalecer sobre el que in- 
tuitivamente surge de su sencilla apariencia. El signo histó- 
rico, el supremo símbolo del cristianismo, es y será siempre 
la cruz. Cuando se busca una imagen, un emblema, que ma- 
terialice y ponga inmediatamente á los ojos de quien lo mire 
la ¡dea de la regeneración del mundo, la gran tradición hu- 
mana del cristianismo, despertando de una vez todas las 
asociaciones de sentimientos y de ideas que abarca la virtud 
sugestiva de tan excelsos recuerdos, no se encuentra otra 
figura que la de los dos maderos cruzados. Y el crucifijo no 
es más que la última y definitiva forma en el desenvolvi- 
miento iconográfico del signo de la cruz. No importa que el 
signo completo no surgiera simultáneamente con la expan- 
sión y propagación del nuevo espíritu, sino siglos más tarde. 
Los emblemas que los primitivos cristianos alternaban con el 
de la cruz, quedaron sepultados en el seno de las catacum* 
bas, y prevaleció el que recordaba plásticamente el martirio 
con que fué consagrada la idea. Luego, al instrumento del 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 6} 

suplicio se añadió la figuración del cuerpo del mártir, y 
el signo adquirió su integridad y plenitud expresiva, para 
que, llegado el despertar glorioso de las artes, lo perpetuasen 
en metal, en piedra, en madera, en marfil, en tintas de co- 
lor, los grandes orfebres, los grandes estatuarios y los gran- 
des pintores de una de las más lozanas primaveras del in- 
genio humano: Benvenuto Gellini, Donatello, Velázquez, Van 
Dyck ... No se menosprecia con el mote grosero de fetiches 
estas formas sensibles en que cuaja la savia de idealidad y 
entusiasmo de una fe secular, desenvolviéndose en el espíritu 
de las generaciones humanas; á la manera como la imagina- 
ción inconsciente que combina líneas y colores en las obras 
de la naturaleza, remata los laboriosos esfuerzos de un pro- 
ceso orgánico con la forma inspirada de una flor, con la flá- 
mula viva de un penacho de ave. No se inventan, ni reem- 
plazan, ni modifican en un día estos signos seculares: se les 
recibe de los brazos de la tradición y se les respeta tal como 
fueron consagrados por la veneración de las generaciones. El 
crucifijo no estaba en manos de Pablo ni de Pedro, ni sobre 
el pecho de los mártires del circo, ni en lus altares ante los 
cuales se amansó la furia de los bárbaros. No por eso deja 
de significar el crucifijo la gloria de tales tradiciones: estuvo, 
antes de todas ellas, en realidad y carne humana, en la pe- 
lada cima del Gólgota. . . y aun cuando no hubiera estado, 
suya es la virtud de evocarlas y animarlas juntas en el recuer- 
do de las posteridad. 

Pero no se repudia sólo al crucifijo por ajeno á la signi- 
ficación del verdadero espíritu cristiano; se le repudia tam- 
bién por execrable. ¿Y en qué consiste el carácter execrable 
del crucifijo? Aquí el distinguido conferenciante remonta su 
oratoria al tono de la indignación, abraza de una síntesis 
arrebatada el espectáculo de los siglos, y se yergue triun- 
fante con las pruebas de que el crucifijo ha presidido á mu- 
chas de las más negras abominaciones de que haya ejemplo en 
la memoria déla humanidad; desde los excesos de las Cruzadas,. 



64 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



hasta las crueldades de las guerras de religión y de las per- 
secuciones de herejes. ;Qié importa que en su significación 
primera — se pregunta — simbolizase ó hubiese podido simbo- 
lizar una idea de amor, de libertad, de redención? El cruci- 
fijo propició el ensañamiento de los cruzados contra los mu- 
sulmanes de Ornar; estuvo en manos de los victimarios de la 
noche de Saint-Barthélemy: acompañó los desbordes san- 
grientos de la conquista de América; presenció en las pare- 
des del tribunal del Santo Oficio las sentencias que ahoga- 
ban la libertad del pensamiento humano; y es hoy mismo, en 
los fanáticos de Rusia, el signo que incita á la matanza de 
los judíos de Bielostock. . . Luego, el crucifijo ha perdido 
su significación original; la ha desnaturalizado y pervertido, 
y lejos de ser emblema de salud y de vida, es sólo signo 
de opresión, de barbarie y de muerte. 

No será necesario apurar mucho los ejemplos para de 
mostrar que con la aplicación de este criterio estrecho y ne- 
gativo: si ha de entenderse que los grandes símbolos histó- 
ricos pierden su significado original é intrínseco en manos 
de quienes los desnaturalizan y falsean en el desborde de las 
pasiones extraviadas, recordándose exclusivamente, para ca- 
racterizarlos, todo lo que se haya Mecho de ignominioso y 
funesto, á su sombra, y nada de lo que á su sombra se haya 
hecho de glorioso y concorde con su genuina significación 
moral — no habrá símbolo histórico que quede puro y limpio 
después de apelarse á la deposición testimonial de la historia- 
porqué todos rodarán confundidos en la misma ola de san- 
gre, lágrimas y cieno. 

La bandera tricolor, el iris de la libertad humana, la en- 
seña victoriosa de Valmy y de Jemmapes, impulsaba, apenas 
nacida, el brazo del verdugo, y cobijaba con su sombra las 
bacanales sangrientas del Terror, no menos infames que la 
matanza de Saint-Barthélemy; y propiciaba después, en las 
conquistas de Napoleón el grande, las iniquidades de la in- 
vasión de Rusia y de la invasión de España; y resucitaba 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 6$ 

para servir un día de dosel, con la traición del dos de di- 
ciembre, á la consagración cesárea de Napoleón el chico. — 
Luego, la bandera tricolor, el iris de la propaganda revolu- 
cionaria, el guión de los ejércitos de Carnot, no es signo de 
esperanza y de gloria, sino de ferocidad, de opresión y de 
conquista. 

La bandera de Mayo, el cóndor blanco y celeste de los 
Andes, la enseña gloriosa de San Martín y de Belgrano, mi- 
litó durante veinte años en los ejércitos de Rozas, y flameaba 
en Santos Lugares sobre el alcázar de la tiranía, y se enchar- 
caba en sangre en los degüellos de la «Mazorca», y era des- 
trozada á balazos por los hombres libres que defendían el 
honor de la civilización americana dentro de los muros de 
Montevideo. Luego, la bandera de Mayo, el pallddium de la 
revolución de América, la enseña gloriosa de San Martín y 
de Belgrano, está imposibilitada de merecer el homenaje de 
los buenos, maculada ante la conciencia de la historia, pros- 
tituida por lo infinito de la posteridad. 

¿A dónde nos llevaría la lógica de este puritanismo feroz? — 
A la condena inexorable de toda enseña ó símbolo que no 
hubiera sido secuestrado, desde el momento de nacer, dentro 
de las vitrinas de un museo. — La acción histórica, y el con- 
tacto con la realidad, implican para la ¡dea que se hace 
carne en un emblema, en un señuelo de proselitismo, la 
profanación y la impureza: tan fatalmente como la exposición 
al aire libre implica para la hoja de acero la oxidación que 
la empaña y la consume. 

El criterio de simpatía, de tolerancia y de equidad, plan- 
teará ias cuestiones de muy distinta manera, y las resolverá 
•con más honor para la especie humana. — '¿Eran los principios 
programados en la «Declaración de los derechos del hom- 
bre» los que se aplicaban en el instrumento de muerte que 
hizo rodar mil quinientas cabezas humanas en quince días, y 
los que amarraban á Francia al despotismo de los cesares? 
No, sino absolutamente los contrarios. Luego, la bandera en 



66 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



que se propagó la declaración de los derechos del hombre,, 
la tricolor de las victorias de la libertad, permanece en la 
entera posesión de su significado y su. gloria. — ¿Eran los 
principios sustentados en la revolución de Mayo los que en- 
carnaba la tiranía vencida con la alianza extranjera en los 
campos de Caseros? No, sino absolutamente los contrarios. 
Luego el símbolo de la revolución de Mayo, la bandera 
cuya tradición inspiraba á los enemigos de la tiranía, queda 
firme y sin mácula en la cumbre de su dignidad histórica. — 
¿Eran los principios sellados con el martirio del Calvario los 
que se realizaban en la noche de Saint-Barthélemy, y en el 
atropello alevoso del cortejo de Atahualpa, y son ellos los 
que se realizan en las matanzas de judíos de Bielostock? No, 
sino absolutamente los contrarios. Luego, el signo del Cal- 
vario, la imagen del que anatematizó toda matanza, todo 
odio, guarda ilesa é intacta su significación sublime, para ve* 
neración y orgullo de la humanidad. 

Sólo con la aplicación de este criterio amplio y ecuánime 
podrá salvar la justicia histórica una tradición que no se pre- 
sente enrojecida con la mancha indeleble de las manos de 
Mácbeth; sólo así podrá instituirse en la memoria de los hom- 
bres un Panteón donde se reconcilien todas las reliquias ve- 
nerandas, todos los recuerdos dignos de amor y de piedad. 

Imaginemos que el crucifijo representase, exclusiva ó emi- 
nentemente, la unidad católica, tal como prevaleció desde el 
bautismo de los bárbaros hasta la definitiva constitución de 
las nacionalidades europeas y el impulso de libertad de la 
Reforma. Aun en este caso, de ninguna manera rehuiría, 
por mi parte, sostener la tesis afirmativa, en cuanto al res- 
peto histórico que se le debe. Sería el signo que presidió á 
la asimilación y la síntesis de los elementos constitutivos de 
la civilización moderna, durante mil años de reacciones y 
esfuerzos proporcionados á la magnitud de la obra que ha- 
bía de cumplirse. La denigración histórica de la Edad Me- 
dia es un tema de declamaciones que han quedado, desde 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 67 

hace mucho tiempo, relegadas á los estudiarttes de quince 
años en las clases de Historia Universal. La honda com- 
prensión de las cosas pasadas, con sus consiguientes ade- 
lantos de exactitud y de justicia, es una de las imperecede- 
ras conquistas del siglo de los Thierry, los Macaulay y los 
Momsen. Ya no se infaman épocas enteras de la historia 
del mundo: se las explica y comprende, y eso vale mucho 
más. La historia no es ya una forma retrospectiva de la 
arenga y el libelo como en los tiempos de Gibbon y Vol- 
taire. La historia es, ó bien un camposanto piadoso, ó bien 
un laboratorio de investigación paciente y objetiva; y en cual- 
quiera de ambos conceptos, un recinto al que hay que pe- 
netrar sin ánimo de defender tesis de abogado recogiendo 
en él, á favor de generalizaciones y abstracciones que son 
casi siempre pomposas ligerezas, armas y pertrechos para las 
escaramuzas del presente. Quien tenga desinteresado deseo 
de acertar, ha de acercarse á ese santuario augusto, purifi- 
cado de las pasiones del combate, con un gran fondo de se- 
renidad y de sinceridad, realzadas todavía por una suficiente 
provisión de simpatía humana, que le permita transportarse en 
espíritu al de los tiempos sobre que ha de juzgar, adaptán- 
dose á las condiciones de su ambiente. Las instituciones que 
han quedado atrás en el movimiento de la civilización, y que 
ya sólo representan una tradición digna de respeto, — y en su 
persistencia militante, una fuerza regresiva, — han tenido su 
razón de ser, y sus días gloriosos, y han prestado grandes 
servicios al progreso del mundo; y es precisamente en el te- 
rreno de la historia donde menos puede vulnerárselas. — Para 
oponerse á los esfuerzos reaccionarios del clericalismo, no 
es preciso hacer tabla rasa de la gloria de las generaciones 
inspiradas por la idea católica, cuando esta idea era la fór- 
mula activa y oportuna; como para combatir las restauracio- 
nes imperiales no han menester los republicanos franceses 
repudiar para la Francia la gloria de Marengo y Austerlitz, 
y para combatir la persistencia política y social del caudillaje 



68 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



no necesitamos nosotros desconocer la fuerza fecunda y efi- 
caz que representó la acción de los caudillos en el desenvol- 
vimiento de la revolución de América. — ¿Imagina acaso el 
doctor Díaz que diez siglos de historia humana se tiran al 
medio de la calle bajo la denominación común de ignominia, 
ignorancia, crueldad, miseria, rebajamiento y servilismo? — Los 
tiempos en que él no ve más que un proceso de «degrada- 
ciones tenebrosas», son en realidad una esforzada lucha por 
rasgar, para los gérmenes soterrados de civilización, la dura 
corteza de los aluviones bárbaros; y es sin duda en el trans- 
curso de esa lucha cuando la acción histórica del cristianismo 
presenta títulos más incontestables á la gratitud de la poste- 
ridad; porque si el naufragio de la civilización fué desastroso, 
hubiera sido completo sin el iris que el signo de la cruz le- 
vantaba sobre los remolinos tenaces de la barbarie; y si el 
despertar de la cultura intelectual tué difícil y lento, hubiera 
sido totalmente imposible sin la influencia de ¡a única fuerza 
espiritual que se alzaba frente á la fuerza bruta, y reservaba, 
en medio de la guerra universal, un rincón de quietud para 
la labor de colmena de los escribas monacales, y salvaba el 
tesoro de las letras y las ciencias antiguas en los códices 
que, llegada la aurora del Renacimiento, romperían, merced 
á la invención de Guttenberg, sus obscuras crisálidas para 
difundirse por el mundo. Relea el doctor Díaz, sin ir más 
allá, las páginas que el gran espíritu de Taine ha consagrado 
en su estudio de El antiguo régimen á delinear la estructura 
de la sociedad anterior á la Revolución; y acaso refrescará 
muy oportunos recuerdos, y acaso reconocerá la necesidad 
de modificar buena parte de sus prejuicios y de limitar no 
pocas de sus abominaciones. 

Otro tanto podría decirse en lo que respecta á alguna 
otra alusión de las que acumula el doctor Díaz en su sínte- 
sis de las tradiciones infamantes de la cruz; y singularmente, 
á la que se refiere á la conquista de América.— ¿Todo en la 
conquista fué oprobio y ferocidad; todo en ella fué abomi- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 69 



nación y exterminio; y cuanto en ella hubo positivamente de 
condenable á la luz de la razón serena, ha de imputarse á 
la sugestión maldita de la cruz? — ¿Por qué recordar, si se 
aspira á la severa equidad del juicio histórico, que la cruz 
representó en Cajamarca la sanguinaria brutalidad de la con- 
quista, y olvidar que representó, en Guanahani, el nacimiento 
de la América á la vida de la civilización, la primera luz de 
nuestro espíritu, el pórtico de nuestra historia?— ¿Por qué 
recordar que estuvo en manos de Valverde para excitar al 
sacrificio de los indios, y olvidar que estuvo en manos de 
Las Casas para interponer ante el pecho de los indios un 
escudo de misericordia? — ¿Por qué recordar que fué, con 
Torquemada, el signo oprobioso de las iniquidades inquisi- 
toriales, y olvidar que fué en la mente de Isabel la Católica 
el estímulo para ganar y redimir un mundo? — ¿Por qué re- 
cordar al verdugo tonsurado y olvidar al evangelizador capaz 
del martirio? — ¿Por qué recordar al fraile que mata y olvi- 
dar al fraile que muere? 

Bien es verdad que para la justicia histórica del elocuente 
conferenciante, cuyo género de liberalismo recuerda, en esto- 
como en otras muchas cosas, la fórmula absoluta del secta- 
rismo religioso: «fuera de lo que yo creo, no hay virtud ni 
salvación», el misionero que se arroja á propagar su fe en 
climas lejanos, no hace cosa mejor que «imponer por la vio- 
lencia el crucifijo, como un yugo de servidumbre, sobre la 
cabeza de las razas inferiores». — No lo sospechaba Víctor 
Hugo cuando, en una página inspiradísima de Los Castigos (i), 
antes de marcar con el hierro candente de su sátira á los 
dignatarios del alto clero que agitaban el turíbulo de las ala- 
banzas en la cohorte palaciega del gran corruptor del 2 de 
diciembre, — entonaba un himno conmovido y conmovedor 
ante el cadáver del fraile decapitado en las misiones de la 
China por predicar allí la moral del Evangelio. — La espon- 

(1) Les Cháttments, VIII, «A un martyr». 



70 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



taneidad del corazón y el criterio de la equidad consisten en 
honrar la vocación del sacrificio donde quiera que se la en- 
cuentre: bajo la sotana del fraile como bajo la blusa del 
obrero ó la pechera deslumbrante del príncipe; y en glorifi- 
car la propaganda de la civilización, cualquiera que sea el 
abanderado de la gran causa humana: así el pionner que 
se abisma en el fondo del desierto con el hacha que tras- 
pasa los bosques, como el misionero que, con la biblia ca- 
tólica ó la biblia protestante en la mano, se acerca á remo- 
ver la soporosa conciencia de la tribu. 

Por lo demás, no es interpretar fielmente el espíritu de los 
hechos concretar en la significación del crucifijo como emble- 
ma histórico, los motivos que han determinado su condena. 
Cualquiera otra imagen del fundador del cristianismo, aparte 
de la que le presenta clavado en la cruz, cualquiera otra ima- 
gen: cuadro ó estatua, hubiera sido sentenciada indistinta- 
mente á proscripción. ¿Es ó no cierto? Luego, la condena va 
dirigida contra la glorificación de Jesús, que la suspicacia ja- 
cobina no concibe separada del culto religioso ni admiie que 
pueda interpretarse de manera que allí mismo donde el cre- 
yente ve el icono objeto de su veneración, el no creyente vea 
la imagen representativa del más alto dechado de grandeza 
humana. 

Juan Carlos Gómez acariciaba en su mente profética un 
pensamiento que ya se ha convertido en realidad. Soñaba 
que se levantase un día sobre una de las cumbres de la Cor- 
dillera, á modo de numen tutelar de la civilización americana, 
engrandecida por la confraternidad de todas las razas que se 
acogen á su seno, y por la fructificación de las esperanzas y 
los ideales que ha alentado la humanidad en veinte siglos, una 
colosal estatua del Redentor del mundo, erguida allí, como 
sobre un agigantado Tabor, en la eterna paz de las alturas, 
bajo el signo indeleble del Crucero... Juan Carlos Gómez 
pensaba como un furibundo ultramontano, y la realización de 
su sueño implica un privilegio ofensivo para millares de con- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 7 I 

ciencias humanas que ven levantarse en su horizonte la ima- 
gen de un dios en que no creen; y lo implicará mientras no 
se levanten también en las cumbres circunvecinas, formando 
tabla redonda, otras semejantes estatuas de Buda, de Zoroas- 
tro, de Confucio, de Sócrates, de Filón... y de Kant. 



72 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



VIII 

¿Jacobinismo? 



Concluye su refutación el doctor Díaz exponiendo su con- 
cepto del liberalismo en relación con la idea de tolerancia, 
que di por característica, en mi carta, al espíritu liberal. — El 
criterio en que se funda ese concepto es genuinamente jaco- 
bino, y confirma este nombre de jacobinismo que apliqué á las 
iniciativas y tendencias cuya defensa ha asumido el conferen- 
ciante. 

Contestando en esta parte al doctor Díaz, 'explicaré el por- 
qué de la expresión al joven é inteligente escritor que me ha' 
hecho cargos en las columnas del semanario evangelista por 
el empleo, que juzga inadecuado, de tal nombre. 

El jacobinismo no es solamente la designación de un par- 
tido famoso, que ha dejado impreso su carácter histórico en 
el sentido de la demagogia y la violencia. El jacobinismo es 
una forma de espíritu, magistralmente estudiada y definida por 
Taine en !os Orígenes de la Francia contemporánea. — La índole 
de la acción histórica y de la dominación del jacobinismo está 
virtualmente contenida ya en los datos esenciales de su psi- 
cología; pero estos caracteres esenciales se manifiestan y re- 
conocen sin necesidad de que su exaltación suprema en el es- 
tallido de las crisis revolucionarias, los pongan en condición 
de deducir las últimas consecuencias prácticas y activas de su 
lógica. — La idea central, en el espíritu del jacobino, es el 
absolutismo dogmático de su concepto de la verdad, con to- 
das las irradiaciones que de este absolutismo parten para la teo- 
ría y la conducta. Así, en su relación con las creencias y 
convicciones de los otros, semejante idea implica forzosa- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 7$ 



mente la intolerancia: — la intolerancia inepta para comprender 
otra posición de espíritu que la propia; incapaz de percibir 
la parte de verdad que se mezcla en toda convicción sincera 
y el elemento generoso de idealidad y de belleza moral aue 
cabe hallar unido á las más palmarias manifestaciones de la 
ilusión y del error, determinando á menudo una fraternidad 
de móviles y sentimientos que se levanta por encima de los 
deslindes de ideas y vincula con lazos más íntimos que los 
que establece la escuela, el partido ó la secta, á los hombres 
que militan para el mundo en campos distintos. — Y como ap- 
titud igualmente inconciliable con su índole, falta al jacobi- 
nismo el sentido humano de la realidad, que enseña á olvidar 
los procedimientos abstractos de la lógica cuando se trata de 
orientarse en el campo infinitamente complexo de los senti- 
mientos individuales y sociales, cuyo conocimiento certero 
será siempre la base angular de todo propósito eficaz de edu- 
cación y reforma. 

La misma facultad dominante que se halla en el fondo 
de los excesos brutales, pero indisputablemente sinceros, de 
la tiranía jacobina, constituye el fondo de la intolerancia pu- 
ramente ideológica é inerme que inspira una página ó una 
arenga neo-jacobinas sobre puntos de religión, filosofía ó 
historia; aunque para llegar del uno al otro extremo haya 
que salvar grandes distancias en el desenvolvimiento lógico 
déla misma pasión, y aunque para no pasar de cierto grado» 
en la transición del uno al otro, es indudable que sería su- 
ficiente en muchos casos la fuerza instintiva del sentido mo- 
ral. — El nombre, pues, clasifica con indistinta exactitud am- 
bas formas de intransigencia fanática, relacionándolas por 
una analogía más fundamental que las que se basan en la 
materialidad de los hechos ó las apariencias; así como las 
clasificaciones de los naturalistas ordenan, bajo un mismo 
nombre genérico, especies aparentemente diferentísimas, pero 
vinculadas por un rasgo orgánico más hondo que los que 
determinan la semejanza formal. 



74 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



El antecedente teórico de la tendencia jacobina es la filosofía 
■de ía Enciclopedia: la ideología de Condillac, de Helvecio, de 
Rousseau, expresión del mismo espíritu de lógica y de dogmatis- 
mo que había engendrado, alrededor de ideas aparentemente 
opuestas, la filosofía católica y monárquica del siglo de Luis 
XIV, con la argumentación oratoria de Bossuet y la «razón razo- 
nante» de Descartes. — Y el jacobinismo, como doctrina y es- 
cuela, persiste y retoña hasta nuestros días, en este género 
de pseudo liberalismo, cuya psicología se identifica en abso- 
luto con la psicología de las sectas: el mismo fondo dogmá- 
tico; la misma aspiración al dominio exclusivo de la verdad; 
el mismo apego á la fórmula y la disciplina; el mismo me- 
nosprecio de la tolerancia, confundida con la indiferencia ó 
con la apostasía; la misma mezcla de compasión y de odio 
para el creyente ó para el no creyente. 

No cabe duda de que la filiación directa de esta escuela 
pseudo-liberal se remonta á la filosofía revolucionaria del 
siglo XV III, á la filosofía que fructificó en la terrible lógica 
aplicada del ensayo de fundación social del jacobinismo, y 
que, por lo que respecta al problema religioso, culminó en 
el criterio que privaba en las vísperas de la reacción neo- 
católica de Chateaubriand y Bonald: cuando se escribían y 
divulgaban Las Ruinas de Palmira; cuando se admiraba á 
Holbach y á Le Mettrie; cuando las religiones aparecían 
como embrollas monstruosas, urdidas calculadamente por unos 
•cuantos impostores solapados y astutos, para asentar su pre- 
dominio sobre un hato de imbéciles, soporte despreciable de 
las futuras creencias de la humanidad. 

El criterio histórico era, en aquella filosofía, como lo es 
hoy en las escuelas que la han recibido en patrimonio, la 
aplicación rígida é inexorable de unos mismos principios al 
juicio de todas las épocas y todas las instituciones del pa- 
sado, sin tener en cuenta la relatividad de las ideas, de los 
-sentimientos y de las costumbres; por donde fases enteras de 
Ja historia: la Edad Media, la España del siglo XVI, el ca- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO ~¡ $ 

lolicismo, el feudalismo, — eran condenadas de plano, sin la 
piadosa excepción de un hecho ó un nombre, como estériles, 
perversas, afrentosas y estúpidas. — Si renunciando á la im- 
placabilidad de sus odios, aquella filosofía se levantaba al- 
guna vez á la esfera de la tolerancia, jamás pasaba de la to- 
lerancia intelectualista y displicente de Voltaire ó de Bayle, 
que no se funda en intuición de simpatía, en penetrante po- 
der de comprensión, como la de un Renán ó un Sainte- 
Beuve, sino sólo en una fría lenidad intelectual. — Y todos 
estos rasgos característicos se mantienen en las escuelas que 
representan, más ó menos adaptado á las condiciones del 
pensamiento contemporáneo, el mismo espíritu; con la dife- 
rencia—no favorable, ciertamente, para éstas, — de que la 
filosofía de la Enciclopedia tenía, para sus apasionamientos é 
injusticias, la disculpa de la grande obra de demolición y 
allanamiento que había de cumplir para cooperar en los des- 
tinos del mundo. 

Todo el sentido filosófico é histórico del siglo XIX — si se 
le busca en sus manifestaciones más altas, en las cumbres 
que son puntos persistentes de orientación, — concurre á rec- 
tificar aquel estrecho concepto del pensamiento libre, y aque- 
lla triste idea de las cosas pasadas, y aquel pobre sistema 
de crítica religiosa. — El pensador, en el siglo XIX, es Goethe, 
levantando la tolerancia y la amplitud á la altura de una vi- 
sión olímpica, en que se percibe la suprema armonía de to- 
das las ideas y de todas las cosas; es Spencer, remontando 
su espíritu soberano á la esfera superior desde la cual reli- 
gión y ciencia aparecen como dos fases diferentes, pero no 
inconciliables, del mismo misterio infinito; es Augusto Comte, 
manifestando á cada paso su alto respeto histórico por la 
tradición cristiana, y tomándola como modelo en su sueño 
de organización religiosa: es Renán, obteniendo de la ex- 
plicación puramente humana del cristianismo el más sólido 
fundamento de su glorificación, y manteniendo vivo, á pesar 
de su prescindencia de lo sobrenatural trascendente, un pro- 



70 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



fundo sentido de religiosidad; es Taine, declarando que la 
civilización europea no podría dejar extinguirse en su seno- 
el espíritu cristiano sin provocar una recrudecencia de bar- 
barie, é instaurando el más severo proceso del jacobinismo- 
práctico y teórico; es Carlyle, llevando su capacidad de sim- 
patía hasta sentir el germen de idealidad y superiores anhe- 
los que despunta en el fetichismo del salvaje; es Max Müller, 
aplicando al estudio de las religiones tantos tesoros de cien- 
cia como de intuitiva y piadosa sensibilidad; y es Thierry y 
es Sismondi y es Viollet-le-Duc y es Fustel de Coulanges, 
reconstruyendo la voluntad, el pensamiento y las institucio- 
nes sociales y políticas de los siglos más desdeñados ó ca- 
lumniados de la historia, para concurrir así á demostrar que 
no se interrumpió en ellos la acción del nissus secreto que 
empuja la conciencia de la humanidad á la realización de un 
orden, al cumplimiento de una norma de verdad y de be- 
lleza. 

El sentido de la obra intelectual del siglo XIX es, en suma, 
la tolerancia; pero no sólo la tolerancia material, la que 
protege la inmunidad de las personas, la que se refiere á de- 
rechos y libertades consignables en constituciones y leyes; 
sino también, y principalmente, la tolerancia espiritual, la 
que atañe á las relaciones de las ideas entre ellas mismas, 
la que las hace comunicarse y cambiar influencias y estímu- 
los, y comprenderse y ampliarse recíprocamente: la toleran- 
cia afirmativa y activa, que es la gran escuela de amplitud 
para el pensamiento, de delicadeza para la sensibilidad, de- 
perfectibilidad para el carácter. 

No le agrada esta tolerancia al distinguido portavoz del 
«Centro Liberal», que ve en ella una suerte de claudicación 
pasiva; y nada manifiesta mejor la índole sectaria y estrecha- 
de su liberalismo. — Dando á la verdad y el error, en cierto- 
género de ideas, la significación absolutamente precisa, con 
que se ilusionan todos los espíritus dogmáticos; que excluye 
cuanto hay de subjetivo y relativo en las opiniones de los- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 77 

hombres; que prescinde de la eterna plasticidad y el perpe- 
tuo devenir de las fórmulas de la verdad, reduciendo la com- 
plexión infinita del pensamiento humano á la simplicidad de 
una lucha teogónica entre un Ormuzd todo claridad y un 
Ahrimán todo tinieblas, concluye que no hay tolerancia le- 
gítima con el Error encarnado en ideas ó instituciones, sino 
que la Ve-dad ha de perseguirlo sin tregua ni misericordia, 
para que no envenene las conciencias, y que esta implacable 
hostilidad y represión es «una grande obra de amor humano». 
Criterio permanente de todas las intolerancias; criterio con 
que se han autorizado y legitimado todas las persecuciones 
por motivo de ideas, y que constituye, desde luego, la exac- 
ta repetición de las razones que han estado siempre en la- 
bios de la iglesia católica para justificar la persecución de la 
herejía. Porque, como nadie que tiene una fe ó una convic- 
ción absoluta, deja de considerar que la verdad está con él 
y sólo con él, es obvio que, proclamada la vanidad ó la 
culpabilidad de ser tolerante con las instituciones y las ideas 
erróneas, nadie dejará de reivindicar exclusivamente para sí 
el derecho de ejercer esa tolerancia lícita, plausible y redentora, 
en opinión del conferenciante, que consiste en perseguir al 
error, acorralarlo y extinguirlo, sin consentirle medio de di- 
fundirse é insinuarse en las almas. — Siempre habrá mil res- 
puestas, absolutamente distintas, pero indistintamente seguras 
de sí mismas, para la eterna pregunta de Pilatos: «¿Qué 
significa la verdad?» 

¿Por qué inutilizas, monje de la Edad Media, ese precioso 
manuscrito, para emplear el pergamino en trazar las fórmu- 
las de tus rezos? Porque lo que dice es falso y lo que yo 
voy á estampar encima es la verdad. — ¿Por qué incendias, 
calila musulmán, los libros de la biblioteca de Alejandría? 
Porque si no dicen más que lo que está en mi Ley, que es 
la verdad, son innecesarios, y si dicen lo que no está en 
mi Ley, son mentirosos y blasfemos. — ¿Por qué rompes, cris- 
tiano intolerante de los primeros siglos, esas bellísimas es- 



78 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



tatúas de Venus, de Apolo, de Minerva? Porque son dioses- 
falsos que disputan su culto al Dios de la verdad. — ¿Por qué 
despedazas, sectario calvinista, las imágenes de ese templo de 
Orleans? Porque mi interpretación de la Biblia, que es la 
verdadera, me dice que son ídolos del error. — ¿Por qué pro- 
fanas, gobierno revolucionario, las naves de «Nuestra Señora 
de París?» Porque allí tiene su nido la mentira que estorba 
el paso á mi verdad. — ¿Por qué arrojas al fuego, inquisidor 
español, esos tesoros de literatura oriental, de Salamanca? 
Porque quien los conociere podría tentarse á abandonar la 
verdad por el error. — ¿Por qué incluyes en tu índex, Pontí- 
fice romano, tantas obras maestras de la filosofía, la exége- 
sis y la literatura? Porque represento la Verdad y tengo el 
deber de guardar para ella sola el dominio de las concien- 
cias. 

En el desenvolvimiento de esta lógica, es bien sabido que 
las personas mismas, en sus inmunidades más elementales y 
sagradas, no quedan muy seguras... Todo está en que se 
entenebrezca el horizonte y se desate la tormenta. Y así, to- 
das las intolerancias que empiezan por afirmar de modo pu- 
ramente ideal y doctrinario: «Soy la eterna, exclusiva é in- 
modificable verdad», pasan luego, si hallan la ocasión pro- 
picia, á auxiliarse del «brazo secular» para quemar libros ó 
romper estatuas, cerrar iglesias ó clausurar clubs, prohibir 
colores ó interdecir himnos; hasta que el último límite se 
quebranta, y las personas no son ya más invulnerables que 
las ideas y las instituciones; y partiendo por rumbos diame- 
tralmente opuestos, se unen en el mismo culto de Moloch — 
como caminantes que, dando la vuelta redonda, se asombra- 
sen de llegar al mismo punto — Torquemada y Marat; Jacobo 
Clement y Barére; los sanbartolomistas Jy los septembristas; 
el Santo Oficio y el «Comité de Salud Pública»; los expul- 
sores de moros y judíos y los incendiarios de iglesias y con- 
ventos. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 79 

IX 
Conclusión 



Falso concepto de la tolerancia que censura tiene el doc 
tor Díaz, cuando supone que ella excluye la acción, en los 
partidarios de la libertad, dejando libre el campo á los avan- 
ces enemigos. Las condiciones de la acción no son otras que 
el derecho y la oportunidad. Lo legítimo de la acción repre- 
siva empieza donde se prueba que el derecho de alguno ha 
ultrapasado sus límites para perjudicar al de otros. Y la hora 
de una iniciativa ha sonado cuando se demuestra el interés 
social que la hace necesaria ú oportuna. No serán las agita- 
ciones liberales, per se, las que puedan disgustarnos, sino lo 
gratuito é inoportuno de ellas. No es el movimiento anticle- 
rical en sí mismo, sino su vana provocación con actos como 
el que discutimos, desacertados é injustos, que aun cuando 
no lo fueran, estarían siempre en evidente desproporción de 
importancia para con la intensidad de los agravios que cau- 
san y de las pasiones que excitan. — Dígasenos cuál es la ac- 
ción fecunda á que se nos convoca en nombre de la libertad; 
indíquesenos dónde está concretamente la reforma que sea 
necesario, justo y oportuno hacer práctica; y si reconocemos 
la necesidad y sentimos la justicia y vemos la oportunidad, 
acompañaremos sin vacilar la iniciativa y ni aún nos impor- 
tará que ella haya de realizarse á costa de esas turbulencias 
que son la protesta inevitable de la tradición y la costumbre. 
Pero suscitar primero la agitación para buscar después pre- 
textos que la justifiquen, tocar primero á rebato para descu- 
brir después el peligro á que deba correrse; componer pri- 
mero la tonada para después idear la letra que haya que 



80 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



ajustar á su ritmo, eso no puede parecemos más que fuerza 
perdida y bulla estéril, propia para alborotar á los mucha- 
chos y sacar á luz toda la prendería de las declamaciones 
antipapales y antiinquisitoriales, pero absolutamente vana 
para cuanto signifique un adelanto positivo en la marcha de 
las ideas, una conquista sólida en el sentido del pensamiento 
libre. 

¡Pensamierito libre!.,. He aquí otro motivo de considera- 
dones que bien merecerían una prolija atención si estos ar- 
tículos no se hubieran dilatado ya más de lo justo.— ¿Piensa 
por ventura el doctor Díaz que no hay más que romper el 
yugo de los dogmas católicos para adquirir la libertad de 
pensar? El libre pensamiento es cosa mucho más ardua y com- 
pleja de lo que supone la superficial interpretación común que 
le identifica con la independencia respecto de la fe tradicio- 
nal. Es mucho más que una fórmula y una divisa: es un re- 
sultado de educación interior, á que pocos, muy pocos alcan- 
zan. Pensar con libertad, ó no significa sino una frase hecha, 
ó significa pensar por cuenta propia, por esfuerzo consciente 
y racional del propio espíritu; y para consumar esta preciosa 
emancipación y para adquirir esta difícil capacidad, no basta 
con haberse libertado de la autoridad dogmática de una fe. 
Hay muchas otras preocupaciones, muchos otros prejuicios, 
muchas otras autoridades irracionales, muchos otros conven- 
cionalismos persistentes, muchas otras idolatrías, que no son 
la fe religiosa, y á los cuales ha menester sobreponerse el 
que aspire á la real y efectiva libertad de su conciencia. Todo 
lo que tienda á sofocar dentro de una fórmula preestablecida 
la espontaneidad del juicio personal y del raciocinio propio; 
todo lo que signifique un molde impuesto de antemano para 
reprimir la libre actividad de la propia reflexión; todo lo que 
importe propósito sistemático, afirmación ó negación fanáticas, 
vinculación votiva con cierta tendencia incapaz de rectificarse 
ó modificarse, es, por definición, contrario á la libertad de 
pensamiento. Y por lo tanto, las organizaciones pseudo-libe- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 8l 

rales que entrañan la guerra incondicional y ciega contra de- 
terminada fe religiosa, excluyendo la posibilidad de diferen- 
ciar, de discernir, de hacer las salvedades y excepciones que 
la justicia exija, en cuanto á la tradición histórica ó en cuanto 
á las manifestaciones actuales de esa fe, — vale decir: exclu- 
yendo la posibilidad de un ejercicio leal é independiente del 
criterio personal,^— son en sí mismas una persistente negación 
del pensamiento libre. 

Si para llamarse á justo título librepensador bastara con 
inscribirse en los registros de una asociación de propaganda 
y participar de los odios anticlericales, dependería de un acto 
de voluntad, — menos aún: de un movimiento reflejo, — el ser 
efectivamente librepensador; pero el hecho es que poder lla- 
márselo con verdad es cosa difícil: tanto, que para que el 
libre pensamiento pudiera ser la característica psicológica del 
mayor número, se requeriría en la generalidad de los espíri- 
tus un estado de elevación mental que hoy no es lícito, ni 
aún con el mayor optimismo, reconocer sino en un escaso 
grupo. Fácil sería demostrar, en efecto, que la gran mayoría 
de los hombres, los que forman multitud para echarse á la 
calle en día de mitin y auditorio numeroso con que llenar 
salas de conferencias para aplaudir discursos entusiastas, no 
pueden ser, dado el actual nivel medio de cultura en las so- 
ciedades humanas, verdaderos librepensadores. Y no pueden 
serlo — si se da á esa palabra el significado que real é ínti- 
mamente tiene y no el que le atribuye el uso vulgar — porque 
lo que creen y proclaman y juran, aunque marque el grado 
máximo de exaltación en punto á ideas liberales, no ha sido 
adquirido por vía de convencimiento racional, sino por pre- 
juicio, por sugestión ó por preocupación. La misma docilidad 
inconsciente y automática que constituía en lo pasado el po- 
puloso cortejo de los dogmas religiosos, constituye en nues- 
tros días el no menos populoso cortejo de las verdades cien- 
tíficas vulgarizadas y de las ideas de irreligiosidad y libertad 
que han llegado al espíritu de la muchedumbre. — Muchísimos 



82 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

son— valga esto de ejemplo — los que, aún en capas muy in- 
feriores, intelectualmente, del vulgo, están enterados de que 
la tierra se mueve alrededor de sí misma y alrededor def 
sol. Pero entre cien que lo saben habrá dos 6 tres que sean 
capaces de probarlo. Los demás quedarían absolutamente des- 
concertados si se les exigiera una demostración de que no 
tienen noticia ó que nunca han analizado por sí mismos para 
comprenderla; pero no por eso dejan de abrigar la íntima 
seguridad de lo que dicen, hasta el punto de que no vacila- 
rían en aceptar, en favor de ello, una apuesta en que les fuese 
la fortuna ó la vida. La multitud cree, pues, en la autoridad 
de la ciencia, por fe, por adhesión irracional, por docilidad 
hipnótica: por motivos absolutamente ajenos á la activa in- 
tervención de su raciocinio; como hubiera creído, á nacer dos 
siglos antes, en la autoridad de la fe religiosa y en los dog- 
mas que esta autoridad impone. Y lo que se dice de las ver- 
dades científicas, puede, con doble fundamento, decirse de 
las ideas morales y sociales. Muy pocos son los que se en- 
cuentran en el partido, escuela ó comunión de ideas á que 
pertenecen, por examen propio y maduro, por elección de 
veras consciente, y no por influencias recibidas de la tradi- 
ción, del ambiente ó de la superioridad ajena. Mientras el 
nivel medio de cultura de la humanidad no alcance muchos 
grados más arriba, no hay que ver en ningún género de pro- 
selitismo un convencimiento comunicado, por operación racio- 
nal, de inteligencia á inteligencia, sino una obra de mera su- 
gestión. Si sugestionados son la mayor parte de los que lle- 
van cirios en las procesiones, sugestionados son la mayor 
parte de los que se burlan de ellos desde el balcón ó la es- 
quina. El sueño y la obediencia del sonámbulo, con los que 
Tarde ha asimilado la manera como se trasmite y prevalece 
la fuerza social de imitación, siguen siendo el secreto de toda 
propaganda de ideas y pasiones. No hay por qué sublevarse 
contra esto, que está todavía en la naturaleza de las cosas 
humanas; pero propender á que deje de ser tal la ley de la 
necesidad es la gran empresa del pensamiento libre. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 



Y entendido y definido así el libre pensamiento, ¿qué 
será necesario para aumentar el número, forzosamente redu- 
cido aún, de los que pueden llamarse librepensadores? Tratar 
de aumentar el número de los hambres capaces de examinar por 
sí mismos antes de adoptar una idea, antes de afiliarse en una 
colectividad, antes de agregarse á la manifestación que ven pasar 
por la calle, antes de prenderse la divisa que ven lucir en el pe- 
cho del padre, del hermano ó del amigo. Y como esta capacidad 
depende de les elementos que proporciona la cultura y del 
recto ejercicio del criterio, se sigue que la tarea esencial para 
los fines del pensamiento libre es educar, es extender y me- 
jorar la educación y la instrucción de las masas: por cuyo 
camino se llegará en lo porvenir, si no á formar una mayo- 
ría de librepensadores en la plena acepción de este concepto, 
— porque la superior independencia de toda sugestión, pre- 
ocupación y prejuicio siempre seguirá siendo privilegio de los 
espíritus más enérgicos y penetrantes, — por lo menos á ase- 
gurar en la mayor parte de los hombres una relativa libertad 
de pensar. — Este es el liberalismo, para quien atienda á la 
esencia de las cosas y las ¡deas; éste es el pensamiento libre, 
que, como se ve, abarca mucho más é implica algo mucho 
más alto que una simple obsesión antirreligiosa; y el proce- 
dimiento con que puede tenderse eficientemente á su triunfo es, 
lo repito, el de la educación atinada y metódica, perseverante 
y segura, que nada tiene que ver con organizaciones sistemá- 
ticas conducentes á sustituir un fanatismo con otro fanatismo; 
la autoridad irracional de un dogma con la autoridad irracio- 
nal de una sugestión de prejuicios; el amor ciego de una fe 
con el odio ciego de una incredulidad. 

Abandone, pues, el doctor Díaz su generosa ilusión de 
que todos los que concurren á oirle son librepensadores y de 
que su aplauso es la sanción consciente del libre pensamiento. 
Mucho le aplaude ahora su auditorio; pero si extremara la 
nota y subiera el tono de sus invectivas, no le quepa duda 
de que aún le aplaudiría mucho más. Lo característico del 



84 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



sentido crítico de la mayoría es no entender de matices. En 
arte, como en moral, como en cualquier género de ideas, 
la ausencia de la intuición de los matices es el límite propio 
del espíritu de la muchedumbre. Allí donde la retina culti- 
vada percibirá nueve matices de color, la retina vulgar no 
percibirá más que tres. Allí donde el oído cultivado perci- 
birá doce matices de sonido, el oído vulgar no percibirá sino 
cuatro. Allí donde el criterio cultivado percibirá veinte ma- 
tices de sentimientos y de ideas, para elegir entre ellos aquel 
en que esté el punto de la equidad y la verdad, el criterio 
vulgar no percibirá más que dos matices extremos: el del si 
y el del no, el de la afirmación absoluta y el de la negación 
absoluta, para arrojar de un lado todo el peso de la fe ciega 
y del otro lado todo el peso del odio iracundo. 

Esto es así y es natural y forzoso que sea así, desde que 
la diferenciación de los matices implica un grado de com- 
plexidad mental que sería injusto y absurdo exigir del espí- 
ritu de la multitud. Es más: quizá conviene, en ella, esta 
inferioridad relativa; porque el modo como puede ser eficaz 
la colaboración de la multitud en los acontecimientos huma- 
nos, es el de la pasión fascinada é impetuosa, que lleva con 
ceguedad sublime á la heroicidad y al sacrificio, y que no 
se reemplazaría de ninguna manera en ciertos momentos de 
la historia: semejante la muchedumbre en esto al hombre de 
genio en la fundación moral ó la acción, que también debe 
su fuerza peculiar á lo absoluto de su fe, á su arrebato y 
obsesión de alucinado. El día en que intelectualizásemos al 
pueblo, para que su pensamiento fuera real y verdaderamente 
libre; el día en que lográsemos darle la aptitud de comparar 
y analizar ¿quién sabe, después de todo, si este don del 
análisis dejaría subsistir la virtud de su omnipotente entu- 
siasmo?. . . 

Pero no se trata aquí de discutir con quien es vulgo, 
sino con quien se levanta muy arriba del vulgo; y por eso 
cabe preguntar si la fuerza empleada en adaptarse al am- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 8$ 



biente de la vulgaridad no tendría mejor empleo en propen- 
der á elevar la vulgaridad al nivel propio. 

El doctor Díaz tiene méritos y condiciones con que aspi- 
rar á triunfos mucho más altos que el de estas propagandas 
y estos discursos. 

Su liberalismo es probablemente el de la mayoría: se lo 
concedo sin dificultad. 

¿Será también el que, en el inmediato porvenir, preva- 
lezca y se realice en el mundo? 

No es imposible. 

No es imposible que se preparen en el mundo días acia- 
gos para la libertad humana. No es imposible que — según 
augures pesimistas suelen profetizarlo — la corriente de las- 
ideas, precipitándose cada día más en sentido del menospre- 
cio de la libertad individual, sacrificada á la imposición ava- 
salladora de la voluntad y el interés colectivos, lleve al 
mundo, con acelerado paso, á una de esas situaciones de 
universal nivelación, en que el opresor, — persona ó multitud, 
César ó plebe, — reclama á un tiempo para sí el Imperio y 
el Pontificado, obligando al pensamiento individual á refu- 
giarse en el íntimo seguro de las conciencias, como las aves 
que se acogen á los huecos de las torres que se deshacen y 
de los templos que se derrumban. 

Si ése es el inmediato porvenir, habremos de resignarnos 
á no ser ya entonces hombres de nuestro tiempo. — Pero la 
eficacia inmortal de la idea de la libertad que concretó las 
primeras convicciones de nuestra mente, que despertó los- 
primeros entusiasmos de nuestro corazón, y que encierra en 
sus desenvolvimientos concéntricos la armonía de todos los 
derechos, la tolerancia con todas las ideas, el respeto de to- 
dos los merecimientos históricos, la sanción de todas las su- 
perioridades legítimas, — seguirá siendo, en mayoría ó mino- 
ría, el paladión del derecho de todos — y allí donde quede 
una sola conciencia que la sienta, allí estará la equidad, allí 
la justicia, allí la esperanza para la hora del naufragio y de 
la decepción! 



APÉNDICE 



El sentimiento religioso y la crítica (i) 



Señor don R. Scafarelli. 
Estimado amigo: 

N.o me pasó inadvertida, cuando tuvo usted la amabilidad 
de poner en mis manos el opúsculo de que es autor (2), cierta 
desconfianza suya respecto de la disposición de ánimo con 
que yo lo leería y juzgaría. Pensaba usted que llegaba á 
tienda de enemigo, y que su obsequio era la espada que se 
ofrece caballerescamente por la empuñadura. He de decir á 
usted en qué acertó, y en qué proporción, mucho mayor, 
no acertó. 

Del punto de vista de las ideas, grande es la distancia 
que nos separa. Si sólo como profesión de ideas hubiera yo 
de considerar su opúsculo, resultaría quizá que no habría en 
él dos líneas que no suscitasen en mí el impulso de la con- 
tradicción, y en ocasiones, el sentimiento de protesta y de 



(1) Por exponer ideas que se relacionan con las de los anteriores 
artículos, y en cierto modo las complementan, incluyo aquí esta 
<arta. 

(2) «El Mártir del Gólgota». 



88 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



angustia con que se asiste al espectáculo de un espíritu ca- 
paz de desplegar con amplia libertad su vuelo y á quien 
contienen y limitan las trabas de dogmas difícilmente conci- 
liables con los fueros de la libre investigación y de la razón 
independiente. 

Pero si en sus páginas no hubiese más que la escueta 
exposición de las ¡deas, ellas no tendrían otro interés que el 
que consistiría en proponer una vez más al debate dogmas 
cien mil veces confesados, cien mil veces negados, cien mil 
veces controvertidos. Hay algo más que considerar en !o 
que usted ha escrito, y algo más hondo y original que las 
ideas; y es el espíritu personal, el sentimiento ambiente, el 
aroma de la fe que se entreabre en un alma joven y en- 
tusiástica y la embalsama é inspira: y éste es el interés in» 
tenso que su libro entraña, esto lo que le da valor moral y 
estético, ésta la nota que le redime de la vulgaridad. 

Por otra parte, aunque en la clasificación de las ideas ocu- 
pemos campos distintos, no hallo en mi espíritu repugnancia 
ni dificultad para ponerme al unísono del suyo, como lo exige 
la ley de simpatía que es fundamento de toda crítica certera,, 
á fin de comprenderle y juzgarle. Nada me irrita más que la 
religiosidad mentida, máscara que disfraza con la apariencia 
de una fe propósitos temporales de más ó menos bajo vuelo; 
y la religiosidad tibia, frivola y mundana, sin profundidad y 
sin unción, dilettaníismo indigno; y la groseramente fanática,, 
que degrada al nivel de las brutales disputas de los hombres las 
ideas que más excelsamente deben levantarse sobre toda baja 
realidad. Pero crea usted que nada me inspira más respeto 
que la sinceridad religiosa, donde quiera que ella se manifieste, 
cualesquiera que sean los dogmas á que viva unida. Ante el 
fervor que brota del recogimiento del corazón, y presta alas 
de inspiración al pensamiento, y trasciende á la conducta en 
caridad y amor, respeto y admiro. Jamás me sentiré tentado- 
á encontrar objeto de desprecio ó de burla en lo aparente j 
literal de un dogma, si por bajo de él, enfervorizando al es - 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 8q 

pírítu que lo profesa, percibo un hondo y personal sentimien- 
to del impenetrable misterio de que son símbolos ó cifras to- 
dos los dogmas. 

La preocupación del Misterio infinito es inmortal en la con- 
ciencia humana. Nuestra imposibilidad de esclarecerlo no es 
eficaz más que para avivar la tentación irresistible con que 
nos atrae, y aun cuando esta tentación pudiera extinguirse, 
no sería sin sacrificio de las más hondas fuentes de idealidad 
para la vida y de elevación para el pensamiento. Nos inquie- 
tarán siempre la oculta razón de lo que nos rodea, el ori- 
gen de dónde venimos, el fin adonde vamos, y nada será ca- 
paz de sustituir al sentimiento religioso para satisfacer esa 
necesidad de nuestra naturaleza moral; porque lo absoluto del 
Enigma hace que cualquiera explicación positiva de las cosas 
quede fatalmente, respecto de él, en una desproporción infi- 
nita, que sólo podrá llenarse por la absoluta iluminación de 
una fe. De este punto de vista, la legitimidad de las religio- 
nes es evidente. Flaquean en lo que tienen de circunscripto 
y negativo; flaquean cuando pretenden convertir lo que es de 
una raza, de una civilización ó de una era: el dogma con- 
creto y las fórmulas plásticas del culto, en esencia eterna é 
inmodificable, levantada sobre la evolución de las ideas, los 
sentimientos y las costumbres. Y flaquean aún más y justifi- 
can la protesta violenta y la resistencia implacable, cuando, 
descendiendo de la excelsa esfera que les es propia, invaden 
el campo de los intereses y pasiones del mundo, convertidas 
en instrumentos de predominio material, que hieren con los 
filos de la intolerancia y aspiran á imponerse por la repre- 
sión de las conciencias. 

Si tuvieran la noción clara de sus límites, nada faltaría para 
sellar por siempre su convivencia amistosa con el espíritu de 
investigación positiva y con los fueros de la libertad humana. 
«La posición central de las religiones es inexpugnable», ha dicho 
Herbert Spencer en aquel maravilloso capítulo de Los Prime' 
ros Principios que se intitula Reconciliación , y en el que la 



90 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



austeridad del pensamiento científico llega — sin otra fuerza pa- 
tética que su propia desnuda eficacia— á producir en nuestro 
ánimo conmovido el sentimiento de concordia, de paz, de 
beatitud, con que el espectador del teatro antiguo asistía, en 
el solemne desenlace de la tragedia, á la solución y purifica- 
ción de todo conflicto de pasiones: efecto de serenidad ideal 
que constituye el más alto de los triunfos, así en la esfera 
del pensamiento especulativo como en la del arte. 

Yo, que soy tan profundamente latino en mi concepción 
de la belleza y de la vida, y en mis veneraciones históricas, 
encuentro en nuestro libre pensamiento latino una tendencia á 
la declamación forense — eterna enemiga de la austera Mens 
interior— y una unilateralidad y una ausencia de delicadeza y 
penetración intuitiva para llegar al espíritu de las religiones 
y comprender y sentir su eterno fondo inefable, que le dejan 
á cien leguas de las inspiradas intuiciones de un Carlyle, 
cuyo sentido profundo alcanza hasta iluminar el germen no- 
ble de idealidad y superiores anhelos que despunta en la ado- 
ración temblorosa del salvaje ante el grosero fetiche. — El 
pensamiento francés es mi encanto; y con todo, muy rara vez 
he encontrado en autores franceses, aun los más sutiles, aun 
los más hondos, página donde se establezca la posición de la 
conciencia libre frente al problema religioso, de manera que 
plenamente me satisfaga. Ernesto Renán es una excepción. 
Hay en la manera como este extraordinario espíritu toca 
cuanto se relaciona con el sentimiento y el culto del eterno 
Misterio, un tacto exquisito y una facultad de simpatía y 
comprensión tan hondas que hacen que se desprenda de sus 
páginas — excépticas y disolventes para el criterio de la vulgari- 
dad,— una real inspiración religiosa, de las más profundas y 
durables, de las que perseveran de por vida en el alma que 
ha recibido una vez su balsámica unción. 

El libre pensamiento, tal como yo lo concibo y lo profeso, 
es, en su más íntima esencia, la tolerancia; y la tolerancia 
fecunda no ha de ser sólo pasiva, sino activa también; no 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 9 1 

ha de ser sólo actitud apática, consentimiento desdeñoso, fría 
lenidad, sino cambio de estímulos y enseñanzas, relación de 
amor, poder de simpatía que penetre en los abismos de la 
conciencia ajena con la intuición de que nunca será capaz el 
corazón indiferente. 

Y más que cualesquiera otras, son las cuestiones religiosas 
las que requieren este alto género de tolerancia, porque son 
aquellas en que por más parte entra el fondo inconsciente é 
inefable de cada espíritu, y en que más se ha menester de 
esa segunda vista de la sensibilidad que llega adonde no al- 
canza la perspicuidad del puro conocimiento. 

Con esa tolerancia he leído, sentido y comprendido su li- 
bro; yo, que, si como objeto de análisis fríamente intelec- 
tual hubiera de tomarlo, sólo hallaría motivo en él para una 
crítica estrecha y negativa. En general, con esa tolerancia 
encaro cuanto leo, si reconozco en ello sinceridad; ya se 
trate de religión, de ciencia, ó de literatura. En la educa- 
ción de mi espíritu, de una cosa estoy satisfecho; y es de 
haber conquistado, merced á una constante disciplina inte- 
rior — favorecida por cierta tendencia innata de mi naturaleza 
mental, — aquella superior amplitud que permite al juicio y al 
sentimiento, remontados sobre sus estrechas determinaciones 
personales, percibir la nota de verdad que vibra en el tim- 
bre de toda convicción sincera, sentir el rayo de poesía que 
ilumina toda concepción elevada del mundo, libar la gota de 
amor que ocupa el fondo de todo entusiasmo desinteresado. 

Por eso, del libro suyo que vino á mí no puede decirse 
que viniera á real de enemigo. ¿Quién habla de enemistad 
cuando se trata de las confidencias de ideales y esperanzas, 
que se cruzan de corazón á corazón, de conciencia á con- 
ciencia? La enemistad por razón de ideas es cosa de fanáti- 
cos: de los fanáticos que creen y de los que niegan. Las 
almas generosas hallan en la misma diferencia de sus ideas, 
y en los coloquios que de esta diferencia nacen, el funda- 
mento de una comensalía espiritual. Nos encontramos en el 



92 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



camino; usted me habla de su fe y del amor que le tiene,, 
con sinceridad y entusiasmo; yo, le escucho con interés. 
Cuando me llegue el turno, yo le hablaré, con igual íntima 
verdad, de la manera como á mi alma se impone la atrac- 
ción del formidable enigma, y de lo que creo, y de lo que 
dudo; y usted me escuchará también, y así ambos saldremos 
ganando; porque lo único que no deja beneficio al espíritu 
es la falsedad, es la vulgaridad, es la pasión fanática; es el 
sermón del clerizonte zafio, sin caridad ni delicadeza; es la 
invectiva del jacobino furibundo, sin elevación ni cultura; 
mientras que siempre hay algo que aprender en lo que piensa 
y siente sobre las cosas superiores un alma lealmente ena- 
morada del bien y la verdad. 
Créame su affmo. amigo. 

José Enrique Rodó. 



~&zr®^^^ 



ÍNDICE 



PAGINAS 

La expulsión de los crucifijos 5 

Contrarréplicas iS 

I. — Los orígenes históricos de la caridad ...... 17 

II.— » » » » » » 2 3 

III. — » » » » » » 29 

IV,— » » » » » » 37 

V. — La personalidad en los reformadores morales . ... 45 

VI — El sofisma de la «caridad científica» S4 

Vil.— El signo 62 

VIII. — ¿Jacobinismo? 7 2 

IX. — Conclusión 79 

Apéndice. —El sentimiento religioso y la crítica .... 87 









LO 






co 






3> 






t- 






iH 






^ 


m 


i 

B 

•H 

.O 
O 
O 

cd 




2 


>» 




O 1 






•H 


O 




u 


s 




i 


10 
•H 
H 




V>> 


d 




Q 


M 




O 


<D 




h9 ¿ 






•H 




* * 


J 




VD 






*0 






O 






« 


LO 

LO 




o 


CT> 




CO «I 






PS 



University of Toronto 
Library 



DO NOT 

REMOVE 

THE 

CARD 

FROM 

THIS 

POCKET 



Acmé Library Card Pocket 
LOWE-MARTIN CO. LIMITED